Etnografía y periodismo

Usos transdisciplinarios y fronteras


Ethnography and journalism

Transdisciplinary uses and borders


Etnografia e jornalismo

Usos transdisciplinares e fronteiras


DOI: https://doi.org/10.18861/ic.2023.18.1.3324

INÉS GIMÉNEZ DELGADO

inesgdel@gmail.com – Ciudad de México – Universidad Nacional Autónoma de México, México.

ORCID: http://dx.doi.org/0000-0001-5201-7478


CÓMO CITAR: Giménez Delgado, I. (2023). Etnografía y periodismo. Usos transdisciplinarios y fronteras. InMediaciones de la Comunicación, 18(1), 67-87. DOI: https://doi.org/10.18861/ic.2023.18.1.3324


Fecha de recepción: 1 de agosto de 2022

Fecha de aceptación: 16 de diciembre de 2022



RESUMEN


El artículo aborda las formas anfibias y transdisciplinarias de hacer antropología y periodismo. Desde una perspectiva cualitativa, se recuperan las experiencias del trabajo de campo realizado en el suroeste mexicano y la revisión de trayectorias, trabajos y tendencias periodísticas y etnográficas que permiten reflexionar acerca de la convergencia metodológica entre ambas disciplinas y los aspectos que separan ambas esferas productivas en el marco de una época marcada por la hibridación, la transmutación y la hiperespecialización de los campos de saber. Asimismo, se reflexiona sobre la potencia transformadora de la transdisciplina en situaciones de conflicto armado y violencia extrema, centrando la atención en el testimonio. Por último, se analiza si los usos híbridos que se hacen de la narración periodístico-antropológica han generado discursos polifónicos que –dada su condición trans– permiten superar el hiperpresentismo que atrapa a buena parte del periodismo y salvar la distancia temporal de matriz colonial a partir de la cual la antropología construyó históricamente su objeto de estudio.


PALABRAS CLAVE: antropología, periodismo, transdisciplina, testimonio, cuerpo, violencia.


ABSTRACT


This article reflects on the amphibious and transdisciplinary ways of doing anthropology and journalism. Based on a qualitative, reflexive and inductive methodology that draws from fieldwork experiences in the Mexican southwest and from the review of journalistic and ethnographic works, the article analyses the meeting points and the differences between both disciplines in an era influenced by hybridization, transmutation, and hyperspecialization of the fields of knowledge. Likewise, it reflects on the transformative power of transdisciplinary studies in situations of armed conflict and extreme violence, where the testimony and the experience of the body as a witness need other disciplines –between literature and the pure sciences– to strengthen the locus of enunciation. Finally, it explores whether the hybrid uses made of journalistic-anthropological narration have generated polyphonic discourses that, from their trans condition, allow overcoming the hyper-presentism that traps a good part of journalism and bridge the temporal distance of the colonial matrix from which anthropology historically constructed its object of study.


KEYWORDS: anthropology, journalism, transdiscipline, testimony, body, violence.


RESUMO


O artigo aborda as formas anfíbias e transdisciplinares de fazer antropologia e jornalismo. Numa perspectiva qualitativa, recuperam-se as experiências do trabalho de campo realizado no sudoeste mexicano e a revisão de trajetórias, trabalhos e tendências jornalísticas e etnográficas, que permitem refletir sobre a convergência metodológica entre ambas disciplinas e os aspectos que separam ambas esferas produtivas no quadro de uma época marcada pela hibridação, transmutação e hiperespecialização dos campos do saber. Da mesma forma, reflete-se sobre a potência transformadora da transdisciplina em situações de conflito armado e violência extrema, centrando a atenção no testemunho. Por fim, analisa-se se os usos híbridos feitos da narração jornalístico-antropológica têm gerado discursos polifônicos que dada a sua condição trans permitem superar o hiperpresentismo, que aprisiona boa parte do jornalismo, e permitem salvar a distância temporal da matriz colonial a partir do qual a antropologia construiu historicamente seu objeto de estudo.


PALAVRAS-CHAVE: antropologia, jornalismo, transdisciplina, testemunho, corpo, violência.


  1. INTRODUCCIÓN


Vivimos en un ambiente académico transnacional marcado por dos tendencias antagónicas: la tendencia hacia el cruce disciplinario, con el consiguiente desbordamiento, hibridación y transmutación de los campos de saber, y la tendencia hacia la híper-especialización y el atrincheramiento disciplinario. La primera ellas –tendencia de la que nos ocuparemos en el presente artículo– ha llevado a que los límites de los campos del saber se difuminasen. Esto se da, sobre todo, en disciplinas de las Ciencias Sociales, como la antropología, la sociología o la historia, cuyas fronteras comenzaron a entrar en crisis con la fragmentación disciplinaria (Dosse, 2006) y con los llamados giro lingüístico (Chillón, 2001), giro cultural (Jameson, 1999), giro subjetivo (Sarlo, 2007) y giro afectivo (Arfuch, 2016). La crisis de los metarelatos históricos (White, 1973) y la emergencia de metodologías subalternas postcoloniales, decoloniales y feministas generó nuevos derroteros en las Ciencias Sociales del norte y del sur global (Butler, 1990; Quijano, 2000; Gargallo, 2006; Castro Gómez, 2005; Mohanty, 2008; Cabnal, 2010). La reflexividad y el conocimiento situado cobraron un espacio importante en la producción y tarea escritural (Haraway, 1995; Harding, 1998).

En este contexto, resuenan las discusiones sobre las fortalezas y los riesgos de la transdisciplina. Entre las múltiples convergencias que se dan en los márgenes disciplinarios se encuentra la intersección entre los modos del hacer antropológico y del periodismo narrativo, dado que en el primer cuarto del siglo XXI proliferaron los trabajos antropológicos que retoman herramientas audiovisuales y narrativas desarrolladas en el campo periodístico. Por su parte, el periodismo, en particular el periodismo narrativo, bebe de estrategias etnográficas de observación y participación que también son propias de la antropología, mientras intenta incorporar significados locales de conocimiento en crónicas y trabajos de investigación.

En algunos estudios realizados en Guerrero, México, (Giménez Delgado 2021a, 2021b, 2022), se usó una metodología de investigación interdisciplinar centrada en el trabajo antropológico, aunque con herramientas provenientes de otras disciplinas, como la historia y la sociología. En ese marco, el trabajo de documentación etnográfica terminó también integrando formas de hacer provenientes de una producción periodística paralela, en donde el acceso a campo, la manera de estar en él y la práctica de la investigación-acción implicaron reflexionar sobre el abordaje realizado. Tanto a la hora de realizar el trabajo de documentación en campo, como en la etapa posterior de sistematización, análisis y escritura, dicha experiencia suscitó varias disquisiciones de carácter metodológico relacionadas con la manera de reconfiguran la práctica etnográfica y el hacer periodístico a la luz de condiciones de producción transdisciplinares, así como llevó a pensar las influencias mutuas entre el periodismo y la antropología. Reflexionar sobre las fronteras y dinámicas intrínsecas a cada disciplina, sobre sus puntos de intersección y sobre sus desacuerdos, constituyó un germen de lo que se expone en este artículo.

Este artículo examina la interacción entre usos periodísticos y antropológicos y busca, además, busca reflexionar sobre la transdisciplina y la convergencia temática, metodológica y narrativa entre la crónica y la antropología: sus puntos de contacto y separaciones, su potencialidad, sus riesgos, sus límites. Para ello se hace foco en dos aspectos y preguntas de investigación concurrentes.

En primer lugar, se enfatizan las características que presenta el trabajo etnográfico y periodístico en situaciones de conflicto armado y violencia extrema, donde el testimonio y la experiencia de los cuerpos están atravesados por situaciones límite. ¿Qué tipo de abordaje impone esas situaciones? ¿Es necesario un abordaje transdisciplinar para comprender y reconstruir esa realidad? Preguntas básicas que establecen la colaboración entre el periodismo, la antropología y otras disciplinas como la literatura, la biología, las ciencias forenses o la psicología para constatar los hechos y fortalecer los locus de enunciación en situaciones en que todo puede desbordarse.

En segundo lugar, se abordan los modos de producción-circulación-consumo del texto etnográfico y del material noticioso, y de su influencia mutua. En un contexto en el que la hipertrofia de discursos mediáticos, audiovisuales e informativos borra las coordenadas espacio-temporales de los acontecimientos, se pregunta si la antropología, en tanto disciplina observadora y creadora, puede contribuir a densificar este tipo de acontecimientos y darle otra carnadura. En este sentido, se considera que los usos híbridos de la narración periodístico-antropológica han generado discursos polifónicos que, desde su condición trans, pueden contribuir a superar el híperpresentismo que atrapa buena parte del periodismo y propiciar una ética de la colaboración.


  1. ANTECEDENTES Y FUNDAMENTACIÓN TEÓRICA


Los objetivos de este artículo se inscriben en un marco de discusión que se remonta a lo que la historia canónica de la antropología estableció como los orígenes del trabajo etnográfico contemporáneo, en particular el trabajo de Bronislaw Malinowski titulado Los argonautas del Pacífico oriental, que supuso una revolución metodológica en la antropología en la segunda década del siglo XX (López Caballero, 2016). Desde entonces, la presencia en campo, el “estar ahí”, se consideraría imprescindible para una auténtica práctica antropológica y para poder comprender las formas en que diferentes sociedades configuran ordenes de significados y sistemas de creencias.

El ser testigo directo de los acontecimientos también se ha considerado un elemento legitimador del trabajo periodístico. En particular, vemos esto en muchas de las corresponsalías europeas de principios del siglo XX, en las que los periodistas se convirtieron en el ojo de la guerra, acercándose a un lugar que ha permitido encarnar la dimensión histórica y cruel de la guerra, que queda “ausente en los estudios estratégicos de los militares, la abstracción politológica y geopolítica de los conflictos bélicos” (Luna, 2007, p. 24). George Orwell (1999) fue uno de esos casos y su participación en los acontecimientos se consideró clave para poder narrarlos y marcó una trayectoria que fue sintetizada por Herrscher (2012). En el llamado nuevo periodismo, tanto en Norteamérica como en América Latina, las experiencias personales y las fuentes primarias cobraron un lugar importante, como puede verse en los trabajos de Truman Capote, Oriana Fallaci o Rodolfo Walsh, entre muchos otros escritores y periodistas. En las tendencias actuales de crónica latinoamericana, testimoniar –e incluso participar del devenir de los acontecimientos– es un eje rector del relato (Correa Soto, 2020), generando diferentes formas de periodismo encubierto, periodismo gonzo y periodismo de inmersión (Angulo Egea, 2017). En ellos se prioriza el protagonismo del periodista, cuya participación en lo investigado puede condicionar y modificar el curso de la historia. Esos periodistas “infiltrados, exhibicionistas, inmersos, empáticos, testimoniales, vivenciales, gonzo, suicidas (…) suponen la pesadilla de los defensores de la objetividad en periodismo” (Wiener en López Redondo & López Hidalgo, 2020, p. 229).

Si bien la premisa del “estar-ahí” ha sido cuestionada en las últimas décadas, tanto en el campo periodístico como en el antropológico, en particular con la implosión de etnografías digitales (Ardévol et al., 2003), con las prácticas de documentación periodística online –e incluso con el trabajo archivístico en bibliotecas digitalizadas–, la práctica y la mística de la presencia en campo y algunos de sus resultados (entrevistas, fotografías o diarios) continúa siendo un elemento y un soporte de legitimidad.

Sobre el testimonio, se puede retomar y hacer referencia a una amplia problematización vinculada con los estudios de la violencia y la memoria, anclada fuertemente en la experiencia límite de Auschwitz. Esto ha generado preguntas sobre cómo se puede habilitar el habla y el silencio y realizar inferencias siguiendo paradigmas indiciarios (Ginzburg, 2010). Por su parte, el auge de la práctica testimonial vinculada con la búsqueda de la verdad ha generado nuevas discusiones sobre los límites de la palabra para reconstruir el pasado (Sarlo, 2007), las tiranteces entre la voz y la memoria, las prácticas extractivistas, la fetichización del testimonio (Castillejo Cuellar, 2009) y la búsqueda de alternativas para no caer en la infamación cuando se lleva adelante la representación de vidas ajenas (Sontag, 2010; Blázquez & Lugones, 2016).

Esto se relaciona con la experiencia del cuerpo como testigo –en el sentido sensorial–tanto en el periodismo como en la antropología. El cuerpo marca la presencia, el “estar ahí” fundante de ambas disciplinas. Un “estar ahí” que se inserta “dentro de estructuras de significado históricas y biográficas” (Castillejo Cuellar, 2016, p. 121) que construyen subjetividad y puntos de enunciación y que condicionan los métodos de investigación, análisis y elaboración periodística y antropológica. En esta presencia en campo, la experiencia de la corporalidad como instrumento último de trabajo ha acarreado múltiples reflexiones. Entre ellas están las realizadas por las epistemologías feministas, que denuncian las conexiones entre las tendencias psicopáticas del capitalismo actual y la crueldad sobre los cuerpos de las mujeres o que iluminan maneras radicales de pensar el cuerpo-territorio (Segato, 2016; Gago, 2019), las realizadas por estudios del campo de la filosofía de la estética (Barrios, 2012), las que exploran la sociobiología de las emociones y el giro sensorial en las Ciencias Sociales (Damasio, 1994; García Castillo, 2010; Sabido, 2019), y los estudios sobre el trabajo etnográfico en situaciones de conflicto armado, guerra, genocidio o violencia extrema (Nordstrom, 1996; Theidon, 2006; Castillejo Cuellar, 2016).

El cuerpo y la reflexividad sobre su presencia en campo también ha guiado una rama del periodismo contemporáneo, desde que Hunter Thompson (2009) popularizara el periodismo gonzo y desde que Günter Wallraff (2006) impulsara el periodismo encubierto de investigación (2006). Las experiencias en las que el cuerpo se pone en primer plano vertebran algunos de los trabajos más conocidos de la crónica latinoamericana contemporánea, como los de Pedro Lemebel o Gabriela Wiener (2011a, 2011b), entre otros.

Sobre la construcción transmedia en los márgenes y los nuevos usos narrativos en la práctica transdisciplinar entre el periodismo y la antropología en un contexto de sobreabundancia testimonial (Todorov, 2000), el presente artículo retoma algunas de las discusiones sobre los límites del dialogismo (Geertz, 1980; Robinow, 1986) y la proliferación de discursos polifónicos (Bajtín 1981). Asimismo, el tratamiento del tiempo en ambas disciplinas fue considerado central por los estudios postcoloniales y estudios antropológicos como el de Johannes Fabian (2002), quien en su clásico Time and the Others: How Anthropology makes its object examinó la construcción histórica que la antropología ha hecho de una alteridad radical exotizada en la que esos “otros” son situados en un tiempo diferente al presente del investigador que promueve el discurso.

La tendencia a la aceleración y el denominado híperpresentismo ha sido abordada por la antropología transnacional de Arjun Appadurai (1996) y por François Hartog (2007), cuyas exploraciones abordan los regímenes de historicidad que atraviesan los fenómenos y problemáticas. Para las discusiones sobre cómo salvar esta distancia y transformar las estructuras de poder que cristalizan en el ejercicio académico y periodístico, se han recuperado algunas de las discusiones de la antropología contemporánea que buscan establecer otros caminos para el desarrollo de una etnografía colaborativa (Lassiter, 2005), una ética de la colaboración (Castillejo Cuellar, 2009) y estudios sostenidos en la investigación-acción (Fals Borda, 2013).


  1. DISEÑO Y METODOLOGÍA


Considerando el marco teórico antes descrito, híbrido y transdisciplinar, el artículo propone una entrada cualitativa, reflexiva (Guber, 2012) e inductiva. Es decir, se parte de analizar las implicaciones de una experiencia particular, concreta y situada: el trabajo de campo periodístico y etnográfico realizado en diferentes enclaves etnográficos conflictivos en el estado de Guerrero, México, entre los años 2017 y 2020, donde se cruzaron elementos de la crónica, la investigación-acción y la etnografía colaborativa a partir del cual se asumió una posición multisituada (Marcus, 1992) y transnacional (Appadurai, 1996) que busca conectar procesos locales, regionales y globales.

Las investigaciones realizadas en el estado de Guerrero mencionadas se centraron en los campos de cultivo de amapola, cuyo destino es la cosecha y exportación para producción de heroína. En ese marco, se tuvo en cuenta el desplazamiento forzado de más de dos mil personas de comunidades de la zona serrana, fruto de una disputa por el control del territorio y de los nodos de tránsito y tráfico de la producción por parte de distintos grupos armados. Finalmente, las investigaciones hicieron hincapié en la puesta en marcha de la estrategia desplegada por varias comunidades nahua, quienes armaron a los niños y expusieron y le dieron visibilidad a la situación de inseguridad extrema en que se encontraban (Giménez Delgado, 2021a, 2021b, 2022).

A partir de dicha experiencia investigativa, para elaborar este artículo se partió del análisis de los métodos de investigación empleados, centrando la atención en los esfuerzos realizados. Esta reflexividad comprende abordar y tener en cuenta la incidencia del investigador en el proceso de “recolección de datos”, lo cual no es independiente a las interacciones sociales –como postulara el funcionalismo–, sino que se constituyen y operan e inciden en el acercamiento al campo (Guber, 2011).

De forma complementaria, se realizó un análisis de discursos mediáticos producidos acerca del desplazamiento forzado de personas y otros hechos que caracterizan lo vivido en el estado de Guerrero. Se examinaron más de un centenar de notas de prensa entre 2017 y 2020, recabadas de periódicos locales, nacionales e internacional –entre los que se cuenta: Sur de Acapulco, Jornada Guerrero, Sol de Chilpancingo, Televisa, Reforma, El Universal, Proceso y El País–. El abordaje implicó la utilización del análisis crítico del discurso, cuya referencia, van Dijk (2003), propone prestar atención a las estructuras discursivas y semánticas, a la coherencia local y global del discurso, a los modos de conocimiento que se desprenden de la narración de los acontecimientos y, entre otros aspectos inherentes a ese tipo de abordaje, al modo en que se exponen actitudes e concepciones ideológicas.

Por último, y a los efectos de trascender la especificidad del caso, se buscó poner en diálogo la literatura existente sobre la práctica transdisciplinaria en el trabajo de campo, el abordaje de los testimonios y el tratamiento de la temporalidad. Para ello se revisó bibliografía especializada y se buscó reflexionar sobre el cruce entre antropología y periodismo antropológico. En tal sentido, se realizó un microanálisis comparativo sobre los métodos de investigación propios a cada disciplina, lo cual permitió reflexionar sobre los cruces disciplinarios e ilustrar sus desafíos en el marco de las investigaciones realizadas.


  1. UNA APERTURA A LA DISCUSIÓN


El periodismo y antropología ejercen trabajos complementarios a la hora de abordar el conflicto armado en que está inmerso el estado de Guerrero. Uno busca dejar registro de los hechos sucedidos captando el momento y dando cuenta de una producción relacionada con lo acontecido. El trabajo más bien etnográfico explora la cotidianidad de las localidades en las que proliferan las violencias, así como las huellas que dejan en los cuerpos, en el paisaje urbano, en la vida rural, en las memorias de su gente, en las relaciones sociales que se activan y están marcadas por el conflicto.

El periodístico suele conectarse con la premisa de la presencia, el “yo estuve ahí” que envuelve la investigación y el registro en el lugar de los hechos y sirve como legitimación de las historias y narraciones buscan responder a las preguntas básicas de la práctica profesión: qué, cuándo, dónde, quién y por qué. “Estar ahí”, en entornos de guerra y violencia extrema como la vivida en Guerrero, supone también afrontar riesgos y enfrentar la violencia y la coacción. En este contexto, el riesgo de asumir versiones de los hechos incapaces de ser contrastadas entraña perjuicios que se expanden: la celeridad informativa, la inmediatez, el sesgo y la falta de seguimiento de los acontecimientos, la búsqueda de hechos que permitan su espectacularización, cuando no la sujeción a intereses económicos y políticos y la mercantilización noticiosa.

En tal sentido, tanto el periodismo como la antropología tienden a gestionar modos propios de producción de la evidencia, ya sea por la exigencia que supone la corroboración y análisis de los hechos, ya sea porque la comprensión e interpretación del sentido que los sujetos o los grupos le dan a sus prácticas tornan imprescindible la tarea. En ambos, la presencia en campo es un eje rector de la investigación. Observar el entorno y conocer información relevante para explicar los acontecimientos supone un ejercicio de inmersión que, aunque con fines y lógicas diferentes, implican la presencia y el cuidado el relevamiento cuidadoso de la información obtenida, lo cual implica el registro y la revisión posterior de lo vivido y documentado.

Asimismo, “poner el cuerpo” en un escenario de violencia, supone un acto extremo, que en el caso del estado de Guerrero se ilustra en los desplazamientos forzados de personas y el asesinato de periodistas. Según la Unidad para la Defensa de los Derechos Humanos de la Secretaría de gobernación de México, 36 periodistas fueron expulsados del estado de Guerrero entre 2014 y 2022, amenazados de muerte (Rivera, 2022), mientras que si extendemos el periodo del año 2000 al 2022 se encuentra que 15 periodistas fueron asesinados (Guerrero, 2022).

Ante lo impredecible de los acontecimientos y la ausencia de condiciones mínimas de seguridad, el ejercicio del periodismo y de una verdadera antropología de la praxis pueden verse limitado. En la guerra, como muestra Kymberly Theidon (2006) en su etnografía sobre la violencia en Ayacucho (Perú), no se puede preguntar solamente “¿qué pasó?”, dado que la propia situación torna la presencia, de manera inevitable, en una forma de participación. Esto sucede por varias razones, que van desde consideraciones estratégicas y sociales a el modo en que se observa la presencia de quienes llevan adelante investigaciones, periodísticas o antropológicas. Se mira, pero también se es observado. El espacio ocupado, la presunta neutralidad del lugar desde el que se habla y se pregunta se desvanece ante el estado de alerta generalizado y el riesgo que vive tanto quien registra y documenta como quien cuenta. Eso hace que las palabras se puedan convertir en armas, por lo que la autoreflexividad se torna esencial. En palabras de Castillejo (2016):


El investigador sobre la guerra, al penetrar (en sentido escópico) en un contexto determinado, constituye en sí mismo el momento concreto cuando comienza a hacer parte del universo que observa. La autorreflexividad, que puede resultar trivial al tratar otros problemas de investigación, es central en el contexto de la violencia, pues la presencia de un “extraño” puede desatar toda una avalancha de situaciones que pueden poner en peligro no solo la integridad del antropólogo, sino, sobre todo, la de la comunidad de sobrevivientes (p. 133).


Además, en el caso de investigación en campo en Guerrero, la realidad extrema se resiste a ser encorsetada en las teorías clásicas de la violencia, de las más funcionalistas o biologicistas a las más constructivistas. Los hechos documentados –amenazas, desplazamientos, toques de queda, rondines de grupos armados, “balaceras”, retenes– hicieron que estallaran las investigaciones proyectadas, las hipótesis y los métodos que parecían válidos desde el escritorio, mientras que otras prácticas y expectativas de trabajo, más adecuadas a la situación, cobraron fuerza. Las concepciones más bien estáticas del hacer investigativo comenzaron a estar habitadas por otras perspectivas, marcadas por la necesidad de encontrar el sentido de los procesos y las percepciones locales. A partir de allí se dispuso una estrategia que hizo de lo dialógico el mecanismo capaz de entender la violencia económica y criminal y el despojo vivido: fueron las explicaciones cotidianas, las miradas y expectativas, las epistemologías locales, con sus ambigüedades, sus “no-pero-sí” y sus “sí-pero-no”, las que permitieron abrir un nuevo horizonte de indagación capaz de captar la tensión entre el sentido estático adjudicado y su transformación. Se trataba de reconocer las vivencias, las estrategias de negociación, la mirada y los intereses elaborados desde y por las comunidades. Ese tocar y dejarse tocar por la realidad abría nuevas dimensiones para cuestionar las explicaciones más bien estructurales de la violencia y sus pretensiones totalizadoras. Sin embargo, esto no podía realizarse exclusivamente a través de mecanismos racionales, por ejemplo, de la práctica periodística, sino que era preciso atender a los sentidos y la seguridad comprometida en la documentación etnográfica.

De allí, además, la necesidad de recurrir a saberes transdisciplinarios a la hora de reflexionar sobre los impactos de situaciones extremas en los propios cuerpos, recuperando el diálogo con disciplinas con el que desde hace tiempo se había roto el diálogo. En tal sentido, la sociobiología y la neurología, por ejemplo, han empezado a estudiar los procesos de interacción recíproca entre cuerpo y cerebro en la elaboración y reelaboración de las experiencias, y cómo se trastoca la imagen que el sujeto tiene de sí mismo (Damasio, 2018). En este sentido, las prácticas transdisciplinarias están marcadas por nuevas perspectivas y la búsqueda de armonizar lo empírico con los fundamentos dados por el constructivismo (Haraway, 1995). La búsqueda de lo subjetivo y el sentido que los sujetos le dan a sus prácticas no está reñida con la constatación externa de los hechos, ya sea a través del testimonio como del uso de fuentes científicas (forenses, biométricas, dactilográficas) y fuentes narrativas y ficcionales que forman parte no solo de los sistemas de creencias y sabidurías locales, sino también de las maneras creativas e imaginativas necesarias para dar cuenta y sobrevivir a las situaciones violentas que se enfrentan.

Estas fuentes testimoniales, propias de la historia oral (Llona, 2012), han sido rebasada por la práctica etnográfica que atiende no solo a la palabra sino también a los modos de enunciación. El testimonio abarca los vacíos, los silencios, las miradas, los gestos, las expresiones corporales, los tonos y las singularidades del discurso, el secreto, lo balbuceado, que son también actos de habla expresivos y que pueden ser tan o más significativos que las palabras mismas. Por ejemplo, el tono y la modulación de la voz permiten intuir un sentimiento de amenaza que se cierne en torno a lo nombrado y obliga a que los investigadores repongan, en el análisis, el sentido de lo dicho conforme a las condiciones de enunciación y las formas que asume en el marco de situaciones precisas.

El testimonio, como se sabe, tienen límites no solo por la subjetividad de quienes hablan –una subjetividad que, bien leída, habla de patrones, sistemas de creencias o historias de vida–, sino que ante situaciones traumáticas o violentas expone las dificultades para nombrar las experiencias vividas. A lo largo de la historia, fueron muchos pensadores los que se plantearon esta cuestión, dado que el testimonio de la violencia desestabiliza lo que toca y en casos extremos su narración es imposible, cuando no queda atrapada en la paradoja del testigo (Sarlo, 2007), quien retoma a Giorgio Agamben, y expone las singularidades del testimonio o las memorias sobre hechos extremos que dejaron sin voz de quienes han muerto:


(el testimonio, en esas circunstancias) siempre está en reemplazo de otro, pero no porque pueda ser su vicaria, su representante, sino porque no ha muerto en lugar del que ha muerto. De modo radical, no puede representar a los ausentes y en esta imposibilidad se alimenta la paradoja del testigo: el que sobrevive a un campo de concentración sobrevive para testificar y toma la primera persona de los que serían los verdaderos testigos, los muertos. Un caso límite, terrible, de prosopopeya. El testimonio de los salvados es la “materia prima” de sus lectores o escuchas que deben hacer algo con eso que se les comunica y que es, precisamente porque logró ser comunicado, sólo una versión incompleta en su lugar (Sarlo, 2007, p. 44).


Estos límites del testimonio son los que invitan a hablar a las fuentes de otras maneras, a pesar de sí mismas, reconstruyendo acontecimientos en colaboración con otras prácticas disciplinarias, como la práctica forense de quienes se sirven de los restos del incendio, muestras de ADN o los rastros dejados en la ropa como vehículo de lecturas posibles acerca de la violencia y sus huellas, pero también alude al uso de imágenes grabadas y satelitales, de las técnicas geofísicas y magnéticas de prospección propias de la arqueología y otras herramientas que colaboran en la reconstrucción de lo sucedido.

En territorios de violencia crónica y lugares que se tornan inhabitables, la necesidad de generar estrategias creativas que nos permitan mirar, comprender e, incluso, buscar formas de transformar esas realidades, la antropología y el periodismo suelen también acudir a la ficción como una aliada que hace de las narraciones un camino en la búsqueda de explicaciones. La literatura latinoamericana, marcada por un universo de realidades diversas que se torcionan y son llevadas al límite hasta quedar enredadas en la ficción. En este sentido, como nos recuerda Barrios (2012):


Desde escritores como Huidobro hasta escritoras como Clarice Lispector, la fisura (lo que rompe, pero no desata) del lenguaje supone una estrategia a través de la cual la poesía, la creación, busca borrar la operación de estabilización y legalización que le es estructural al lenguaje (p. 119).


Cuando la realidad desbordada se torna inasible para la razón, la ficción –o la narración, a secas– puede ofrecer un cauce a través del cual dar un salto al interior de los temas acuciantes, y de los mitos e imaginarios sociales que envuelven la comprensión. Así, la aparente paradoja de encontrarnos con discursos de la guerra y de la violencia extrema que por un lado buscan validarse con la experiencia “directa” y la subjetividad que envuelve al testimonio, con disciplinas caracterizadas por el afán empírico y los mecanismos de verificación doble ciego, pero también encuentran posibilidad de análisis en las formas variadas de la ficción, entendiendo que su comunicación –antropológica o y periodística– promueven accesos a los hechos que se complementan y se nutren mutuamente.


  1. LA NARRACIÓN, ENTRE ANTROPOLOGÍA Y PERIODISMO


Los usos híbridos de la narración periodístico y antropológica, en un contexto marcado por la disolución de las coordenadas espacio-temporales en los shows mediáticos, se especula que no estamos únicamente en una etapa donde los límites se tornan difusos, como apuntara Clifford Geertz (1980) en Blurred genres. The Refiguration of Social Though, sino también en un momento en el que se ha dado pie a un filoso debate sobre la relación entre “la palabra”, que acompaña todas las formas de expresión textual, y “el mundo”, es decir, los modos de producción y de organización de las palabras circulantes en las relaciones globales (Appadurai, 1996, p. 51).

En territorios de conflicto armado y violencia extrema, la imagen que expande la producción periodística puede ser utilizada como un elemento de denuncia para contar lo que está sucediendo, como han hecho muchos periodistas, pero también puede ser una forma de propagar el horror o expandir la violencia a través del chisme, el rumor y la palabra infectada por el miedo. En tiempos actuales, y en conflictos como los que se viven en el estado de Guerrero, la información sesgada y la circulación de noticias falsas a través de redes sociales. Las fotografías de cuerpos mutilados no solo muestran o testimonian lo acontecido y su crueldad, sino que la hipervisibilización de los cadáveres también transmite un mensaje, opera como una pedagogía de la crueldad, y se dispone de algún modo como una alerta que debe considerarse a la hora de construir un relato, dado que puede ser “funcional a la codicia expropiadora, porque la repetición de la escena violenta produce un efecto de normalización de un pasaje de crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora” (Segato, 2016, p. 21).

Así, por ejemplo, cuando analizamos los relatos mediáticos seleccionados en las investigaciones sobre los desplazamientos forzados de personas, se observa y se destaca una mirada que privilegia los efectos del enfrentamiento entre grupos armados, pero carecen, en buena medida, de la explicación de las causas que ayuden a comprender las razones de esos hechos. Ese tipo de cobertura tiende a individualizar las voces de las personas desplazadas que ejercen algún tipo de liderazgo comunitario, mientras se oscurece al colectivo. Según se desprende del análisis de más de un centenar de notas periodísticas, las coberturas tienden a reproducir los tropos característicos de la tragedia, muerte, abandono y fragmentación, inframundo, desolación, vulnerabilidad y peligrosidad (Castillejo Cuellar, 2000), escondiendo en esa sola enunciación temática el riesgo de hacer una construcción no historizada de las víctimas, marcadas por un horror deslocalizado. Arrancados de la historia, las personas desplazadas adquieren en ese tipo de relatos un doble papel de víctima, ya que la espectacularización centrada en la tragedia vivida o en el trauma, queda disociado de la realidad –como plantea Maldonado (2014) aludiendo a Lacan–. Además, aunque desde la etnografía existe el compromiso de incorporar los significados locales y sus memorias, en los textos etnográficos más pulidos, no puede desconocerse y problematizarse el hecho de que están filtrados inevitablemente por las percepciones y las experiencias del investigador, lo cual lleva –no pocas veces– a imponer el sentido de los acontecimientos y las prácticas sin tener en cuenta el contexto, la situación, los significados locales (Emerson, Fretz & Shaw, 2005).

Frente a las experiencias extremas, se abre la posibilidad de otra gramática social: aquella que promueve redes de entendimiento y micro-solidaridad que también se dan en los contextos más adversos, activando memorias compartidas y exponiendo un principio de comunidad gracias a la experiencia y relatos que interceptan una historia de prácticas, lugares, ritos e imaginarios propios. Todo esto genera una temporalidad distinta y la posibilidad, acaso, de transcender las gramáticas de la violencia. En ello repara el periodismo antropológico, cuyos ejercicios de búsqueda y reflexión como puede verse, por ejemplo, en las crónicas reunidas en el libro colectivo Entre las cenizas. Historias de vida en tiempos de muerte, un libro en el que se compilan y rescatan distintas las historias de resistencia de víctimas y ciudadanos atravesados por la violencia vivida en México. En el prólogo, Cristina Rivera Garza (2012) señala:


La palabra del cronista no puede dejar de ser la palabra de “otro”: una tensión en la que se dan cita, al menos, otros dos. Una expectativa. Algo que late. La relación de intercambio e implicación sobre la cual se basan todas las otras relaciones del mundo. La palabra, ahí, en ese vaivén entre enunciante y oyente adquiere, al menos, dos cabezas, tantos ojos, todas las manos. Usada y en uso, contaminada de todo, la palabra que se comparte –saliva, mirada, eco– toca las orillas de al menos dos experiencias, de al menos dos prácticas de significación, para producir, en el mejor de los casos, la respuesta total (Rivera Garza, 2012, p. 18).

En dicho libro, el encuentro entre la antropología y el periodismo salva distancias temporales y propicia una ética de la colaboración en la que caben la palabra propia y la ajena, articulando una narración coral en la que se reconstruyen miradas intersubjetivas y permite, además, exponer el registro y la documentación de experiencias y demandas que dejan su estela; una potencia de archivo que no solo actúa sobre el momento presente, sino que también es un legado para los tiempos venideros. Lo documentado se convierte así en una prueba más que permite reconstruir la historia y otorgarle visibilidad a hechos y demandas y voces cuando que son negados por intereses políticos y económicos que buscan esconder sus huellas. Son la expresión de un síntoma y materia o fuente a la que acudirán historiadores y antropólogos del futuro.

El periodismo y la antropología, en la medida en que lleva a cabo una reflexión profunda sobre la enunciación del testimonio, pueden ser así complementarios. Como recuerdan como Walter Benjamin (1933), el autor es también productor de acontecimientos. Por ello, si al acercarse a las geografías donde pesa el conflicto y la tragedia, requiere trascenderse a sí mismo y recuperar la historicidad, las experiencias y los imaginarios y ritualidades propias del lugar, de las prácticas, de las familias y las personas que lo habitan. Con la palabra puede contribuir a comprender el sentido de lo que acontecido y crear condiciones para reconstruir lo común, lo compartido. El llamado periodismo de paz, orientado a la denuncia y transformación del conflicto, ha intentado, en los últimos años, comprender y ubicar lo sucedido, al tiempo que ese afán conlleva la posibilidad de lograr la remisión de sus impactos (Galtung, Lynch & MCGoldrick, 2006). Para eso, ha desplegado herramientas también empleadas por la antropología: una ética de la escucha, lo cual supone trascender una era marcado por la velocidad informativa y la abstracción que cristaliza en conceptos produce un efecto destemporalizador.

Esta ética de la escucha está vertebrada por prácticas concretas, como es la toma de consciencia del lugar desde el que se habla y se escucha y las herramientas con las que se cuenta para dar cuenta del registro y análisis de los acontecimientos. Por ejemplo, durante la presencia en campo, la cámara, la computadora, el libro de notas y la grabadora, si se utilizan, son dispositivos que materializan y mediatizan la presencia del investigador y del periodista. Esto acarrea ciertas ventajas, como permitir un registro de lo sucedido, además de la aceptación que supone para quienes son víctimas contar con un “poder” capaz de expandir las realidades que se viven en territorios altamente conflictivos. El “intruso” que capta, registra, graba la voz y visualiza una realidad difícil de difundir para comunidades atravesadas por el miedo, carentes, además, muchas veces, de medios tecnológicos o limitados por las barreras que impone no sabe leer ni escribir. Es por ello que las prácticas profesionales propiciadas por la investigación-acción han emergido con la fuerza de impulsar respuestas para circunstancias y coyunturas en donde parecería no alcanzar con “el distanciamiento” promovido por las formas académicas o periodísticas canónicas.

Asimismo, ejercitar el arte de revisar de forma pausada las notas, grabaciones, imágenes, conversaciones, recuerdos y apuntes realizados en los diarios de campo puede contribuir a arrojar una mirada etnográfica sobre los hechos registrados. Y contribuir de ese modo a brindar explicaciones más densas y complejas sobre la realidad, prestando atención al modo en que las personas implicadas y describir el contexto cambiante de la coyuntura que delimita las interacciones comunitarias. En tal sentido, teoría y práctica pueden contribuir y dar cuenta de la necesidad de construir categorías dinámicas apegadas a la complejidad del territorio y la multiplicidad de esferas y determinaciones de la realidad que se despliega ante los ojos del investigador o el periodista. Si el mundo actual no puede darse el lujo de rechazar la teoría a la hora de “interrogar los modos de funcionamiento del orden mundial contemporáneo, con el propósito de desnudar sus certezas e incertidumbres” (Comaroff & Comaroff, 2013, p. 85), también es verdad que la trama y la configuración específica de lo que acontecido, por ejemplo, en el estado de Guerrero, plantea visualizar y atender las especificidades de la situación y del caso.

Es decir, la visión de lo global y lo geopolítico se entremezcla con una creciente atención a la percepción y el universo de experiencias sensibles y biografías que envuelven la problemática y el conflicto local. En ello también reposan las maneras más híbridas y anfibias de hacer una antropología entremezclada con el periodismo. Este periodismo anfibio emula aquellas expectativas de las que hablara Orlando Fals Borda (2013) respecto de la ciencia, el compromiso y el cambio social, y pone el foco precisamente en la potencia de pensar la práctica profesional anudada a los territorios y la capacidad de adaptación de los pueblos y las personas a circunstancias adversas. El autor colombiano supo definir a las culturas anfibias como aquellas relacionadas con un manejo de prácticas y creencias herederas de una densidad de circunstancias y experiencias acumuladas.

En esa línea, la crónica latinoamericana, particularmente, se ha adecuado a una forma de hacer periodismo entremezclada con la antropología. En términos de Cristian Alarcón:


El periodismo anfibio es el cruce de los discursos del periodismo hacia las fronteras académicas y de los discursos de la teoría y el análisis hacia las nuevas narrativas. En este sentido, entonces, lo anfibio es el elemento sintético de dos metodologías de investigación y de dos lenguajes que, al dialogar, entran en crisis: los territorios liberados de las murallas son aquellos que tradicionalmente han sido los espacios de seguridad para cronistas y académicos: investigación, posición de autor, uso del lenguaje, estructura del texto y aporte al conocimiento (Alarcón en Correa Soto, 2020, p. 97).


Como se observa en la revisión de relatos y publicaciones contemporáneas sobre la violencia, este periodismo anfibio parece ejercerse mejor desde los márgenes, desde aquellos lugares en los que las estructuras de poder no han impuesto la rigidez de un canon, la tonalidad de un ritmo y, sobre todo, la expectativa de decir y de escuchar algo constantemente repetido.


  1. CONCLUSIONES


El periodismo y la antropología acarrean, cada una, sus propias exigencias a la hora de producir evidencias y generar un discurso apegado al carácter de la disciplina y la práctica profesional. Aspectos que, en el caso del periodismo, se observa atravesado –sobre todo en la actualidad– por la velocidad y el vértigo de la producción noticiosa. Por su parte, el abordaje antropológico, vertebrado por la descripción, el análisis y la comprensión las creencias, prácticas y relaciones sociales de distintos grupos y culturas, ofrece herramientas y mecanismos que pueden servir para el trabajo de investigación periodística, en tanto promueve una actitud y una forma menos apresurada de vincularse con el territorio.

Asimismo, y tal como han querido señalar estos apuntes sobre los necesarios entrecruzamientos disciplinarios –reflexión sostenida a partir de las investigaciones en el suroeste mexicano, zona fuertemente conflictiva–, el valor que el periodismo y la antropología le dan a la presencia en campo, tanto como el peso de lo testimonial y la narración de lo acontecido y el sentido de las prácticas, implica actualmente revisar y reflexionar acerca de los modos en que se produce conocimiento y comprensión de los hechos investigados. De allí que la consideración del testimonio –en tanto se ofrece en circunstancias particulares y encierra condiciones de enunciación y modelizaciones particulares– y el uso tanto de datos provistos por fuentes documentales “duras” como la ficción, en tanto vehículo de estudio, cruzan formas posibles de indagación transdisciplinarias.

El desdibujamiento de la antropología clásica y su cruce con otros espacios de saber y formas de producir conocimiento, la revalorización del sentido que las personas le dan a su historia y a sus prácticas torna necesario valorar las experiencias y las emociones implicadas en el trabajo de campo. Al mismo tiempo que la hibridación narrativa se torna consustancial a la antropología y al periodismo. Para afrontar los relatos que se producen y hablan de territorios marcados por la violencia puede ser necesario ampliar el sistema y uso de estrategias de investigación y el cuidado del trabajo en red, en las que las fuentes e interpretaciones científicas, puedan conciliarse con otros modos de saber y de hacer, y en las que disciplinas como la literatura, la biología, las ciencias forenses o la psicología pueden contribuir a contrastar hechos y fortalecer los mecanismos de enunciación.

En el magma de información global y en una estructura productiva crecientemente instrumental, el testimonio tiende a llegar de manera fetichizada, acomodado bajo un guion previsible y domesticado. El periodismo y la antropología se enfrentan a grandes desafíos, siempre que el propósito sea trascender la mercantilización, la espectacularización y los silencios que perpetúan situaciones de invisibilidad. Los impactos de la violencia son individuales y colectivos. Se suceden a escala “objetiva” y cuantificable, pero también a escala subjetiva –e inter-subjetiva–, y eso exigen, entre otras formas de producir conocimiento y empatía con las situaciones de violencia, reflexionar sobre los modos en que se informa y se investiga. Lo que está en juego cuando se nombra la violencia desde y en espacios de conflicto armado crónico como el vivido en estado de Guerrero, es la inercia que al fatalismo y la repetición. Y en este sentido, la colaboración entre el periodismo –que informa y alcanza audiencias amplias– y la antropología –que examina las huellas de la violencia y repone el sentido de las historias de vida– puede contribuir a transformar las explicaciones acomodadas y mecánicas sobre la guerra y la violencia.


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* Contribución: el 100% fue realizado por la autora.

* Nota: el Equipo Editorial de la revista aprobó la publicación del artículo.


Artículo publicado en acceso abierto bajo la Licencia Creative Commons - Attribution 4.0 International (CC BY 4.0).


IDENTIFICACIÓN DE LA AUTORA


Inés Giménez Delgado. Doctora de Estudios Latinoamericanos, Universidad Autónoma de México (México). Máster en Antropología y Máster en Profesorado, Universidad Nacional de Educación a Distancia (España). Máster en Periodismo y Comunicación y Licenciada en Historia, Universidad de Zaragoza (España). Ha sido integrante del Colegio Internacional de Graduados “Temporalidades del Futuro”, programa liderado por la Freie Universität Berlin (Alemania) e investigadora becada por el Summer Fellowship Programme, del University College of London (Inglaterra). Ha trabajado como consultora y oficial de comunicación en múltiples organizaciones de derechos humanos en México, Chile, Guatemala, Colombia, Costa Rica y Reino Unido, como IDPC, CDHM/Tlachinollan, OIT-México o BHRCC, entre otros. Además de la actividad académica, se desempeña eventualmente como periodista freelance en distintos medios de comunicación de América Latina y Europa.