El dilema de seguridad y su importancia para el estudio de las relaciones internacionales

Nicolás Terradas

Resumen

Como ya hemos sugerido hace un par de semanas atrás, el carácter anárquico de los asuntos internacionales constituye un punto de partida fundamental y necesario para el estudio de las relaciones internacionales, en tanto disciplina. Partir desde allí, no sólo es importante porque representa un gran cambio del “principio ordenador” del sistema (de un orden jerárquico, como el doméstico, a uno horizontal o descentralizado, como el internacional), sino porque también se encuentra irradiando continuamente fuerzas e incentivos que afectan con profundidad el comportamiento a largo plazo de los actores internacionales. Estas fuerzas e incentivos, como lo destacara Kenneth Waltz (1), no determinan mecánicamente el comportamiento individual de los estados, pero sí constriñen y moldean ciertos patrones de comportamiento a lo largo del tiempo. Una forma de estudiar el papel de estas fuerzas, si nos abocamos al estudio de la guerra y la paz, es analizar el llamado “dilema de seguridad”. En este ensayo, presentaré brevemente en qué consiste este “dilema” y cuál es su importancia a la hora de abordar no sólo las causas de la guerra, sino también las condiciones para la paz.
La idea de un “dilema de seguridad”, propuesta originalmente por John H. Herz en 1950, generó una revisión profunda en los estudios de seguridad de la disciplina ya que por primera vez se logró demostrar convincentemente que el fenómeno de la recurrencia de la guerra a través de los siglos no puede explicarse sólo mediante la referencia a estados expansionistas, con ansias de conquista, ambiciosos territorialmente, o “revisionistas absolutos”; sino que, además de ello, el tipo decontexto de seguridad en el cual se encuentran los estados juega un papel sumamente importante.(2)

Así, por ejemplo, el dilema de seguridad nos ayuda a comprender cómo incluso cuando los estados no pretenden individualmente hacer la guerra entre sí, el frágil contexto de desconfianza, de inseguridad y de incertidumbre, y sobre todo de miedo —junto al factor fundamental de la ausencia de una autoridad política central— es suficiente como para que la guerra pueda abrirse camino de forma recurrente. En otras palabras, la anarquía internacional es una “causa permisiva” de la guerra, o una causa indirecta, porque no provoca el inicio específico de ninguna guerra o conflicto internacional, pero sí permanece impávida frente a ello, no erigiendo ningún tipo de obstáculo o desincentivo a la ocurrencia del conflicto.

La condición anárquica del sistema genera incertidumbre, la cual da lugar a la desconfianza, que también provoca un profundo dilema según el cual aquellas personas que toman decisiones en nombre de un estado nunca pueden estar “100% seguros” de si sus cálculos sobre las intenciones futuras de los demás son correctos. Todo ello compele a los estados a desconfiar y a competir (necesariamente) en aras de proveerse seguridad, y prevalecer.(3)

Como lúcidamente explica Martin Wight, “[t]he fundamental cause of war is not historic rivalries, nor unjust peace settlements, nor nationalist grievances, nor competitions in armaments, nor imperialism, nor poverty […]. The fundamental cause is the absence of international government; in other words, the anarchy of sovereign states. […] In such a situation, mutual distrust is fundamental, and one power can never have an assurance that another power is not malevolent”. Y concluye: “Consequently, with the best will in the world no power can surrender any part of its security and liberty to another power”.(4)

O como el mismo Herz lo ha expresado: a través de los siglos, siempre que han existido sistemas sociales anárquicos en donde las unidades que los conforman son asimismo las instancias últimas de resolución de sus disputas,

“there has arisen what may be called the ‘security dilemma’ of men, or groups, or their leaders. […] Whether man is by nature peaceful and cooperative, or domineering and aggressive, is not the question. […] Groups or individuals living in such a constellation must be, and usually are, concerned about their security from being attacked, subjected, dominated, or annihilated by other groups or individuals. Striving to attain security from such attack, they are driven to acquire more and more power in order to escape the impact of the power of others. This, in turn, renders the others more insecure and compels them to prepare for the worst. Since none can ever feel entirely secure in such a world of competing units, power competition ensues, and the vicious cycle of security and power accumulation in on”.(5)

Esta situación, por su parte, se asemeja a lo que el historiador británico Herbert Butterfield llamó “miedo hobbesiano”, o “trágico elemento del conflicto humano”.(6) 

Al igual que Herz, él comprendía que desde una visión con perspectiva, el historiador goza de la capacidad de ver fríamente los sucesos y tiene el desafío de entender cómo el contexto anárquico en el cual los estados existen es la principal fuente por la que el conflicto puede, en primera instancia, emerger una y otra vez. Por ejemplo, dice Butterfield: “The central fact [...] is a certain predicament, a certain situation that contains the elements of conflict irrespective of any special wickedness in any of the parties concerned [...]. In historical perspective we learn to be a little more sorry for both parties than they knew to be for one another”. Y así, concluye Butterfield: “Here is the absolute predicament and the irreducible dilemma [...] here are the ingredients for a grand catastrophe. The greatest war in history could be produced without the intervention of any great criminals who might be out to do deliberate harm in the world”.(7)

Sin embargo, a pesar del pesimismo al cual fácilmente pudiera llevar esta comprensión del dilema, la historia demuestra claramente que la cooperación y el mantenimiento de la paz sigue siendo posible, aún bajo los efectos de la anarquía.(8)

Esta es otra de las comunes confusiones de la literatura. Básicamente: la creencia en que allí donde existe un dilema de este tipo no puede existir la paz o diversos tipos de orden (¡incluso por períodos prolongados de tiempo!). Es, además, esta misma confusión la que lleva —erróneamente— a creer que sólo es posible hablar de “zonas de paz”, como actualmente se hace en Sudamérica, a través de la eliminación (más que nada intelectual) del “dilema de seguridad”.

Ciertamente, la situación de “continua competencia” implícita en la concepción realista de la política internacional no significa que la guerra tenga lugar todo el tiempo y en todo lugar. El dilema de seguridad puede ser mitigado (aunque aún nunca ha sido resuelto), y ello puede incluso generar períodos de paz que a veces alcanzan muchos años de duración. El Concierto Europeo, por ejemplo, creado por las potencias europeas luego de la derrota de Napoleón, es uno de esos casos. Pero justamente es este mismo ejemplo el que sirve para comprender el verdaderodilema: si bien es posible la cooperación y la paz bajo anarquía, y más allá del corto o largo período por el que ello se prolongue, la competencia y el conflicto revertirán en el largo plazo todo esfuerzo cooperativo. Sin la comprensión de estos elementos, es imposible entender cómo es que aún los más fuertes ejemplos de cooperación entre los estados, a lo largo de los siglos, ulteriormente han dejado de existir.

De todas formas, si bien el dilema puede ser atenuado o mitigado en el tiempo —aunque no sin gran dificultad—, el mismo no puede ser trascendido de una manera sencilla, ya sea a través de la creación de instituciones o por actos de conciencia individuales.(9) Como tan claramente lo explica Butterfield: 

“The supporters of the new diplomacy, which has emerged since the opening of the epoch of world-wars, like to tell us that the whole problem we have been discussing does not exist, because it ought not to exist. In any case, there is no Chinese puzzle at all, they say, for, whatever the issue might be, we could easily dispose of it by referring it to a conference or sending it to the United Nations. Against these specialists in wishful thinking it must be asserted that the kind of human predicament which we have been discussing is not merely so far without a solution, but the whole condition is a standing feature of mankind in world-history. [...] And if the issue which divides the world at a given moment were referred to a conference table, then, though many good things might be achieved, we should not have eliminated the predicament which was most crucial—we should merely find it transplanted into the bosom of the conference itself”.(10)

A la luz de esta discusión, se hace imprescindible para todo aquel abocado al estudio de la seguridad internacional, el comenzar no sólo con adquirir un  profundo respeto y comprensión del carácter anárquico de las relaciones internacionales, sino también por analizar los efectos que el dilema de seguridad ejerce por sobre los estados. Un punto central para todo estudiante de estos asuntos es no ceder jamás a la complacencia intelectual de lo que prediquen sus teorías predilectas y, en su lugar, seguir buscando formas inteligentes de mitigar y construir orden en un tan precario, endeble e indiferente contexto como es el de la política internacional.


(1) Ver Kenneth N. Waltz, El Hombre, el Estado y la Guerra (Buenos Aires: Nova, 1959); y Waltz, Theory of International Politics (Reading, ma: Addison-Wesley Publishing Company, 1979).

(2) Ver Herz, “Idealist Internationalism and the Security Dilemma”, pp. 157-180. Ver también Randall L. Schweller, “Neorealism’s Status-Quo Bias: What Security Dilemma?”, en Frankel, ed., Realism: Restatements and Renewal, pp. 90-121.

(3) Una buena explicación de la interconexión entre estos elementos puede encontrarse en Stephen Van Evera, “The Hard Realities of International Politics”,Boston Review,Vol. 17, No. 6 (November–December 1992), p. 19; y Mearsheimer,Tragedy of Great Power Politics (New York: W.W. Norton & Co., 2001), cap. 1.

(4) Martin Wight, Power Politics, ed. por Hedley Bull y Carsten Holbraad (New York: Holmes & Meier Publishers, riia), pp. 101-2.

(5) Herz, “Idealist Internationalism and the Security Dilemma”, World Politics, Vol. 2, No. 2 (January, 1950), p. 157.

(6) Ver Herbert Butterfield, History and Human Relations (London: Collins, 1951), pp. 21, 22, 16, 20. En su Power Politics, Wight también se refiere a esta condición como “Hobbesian predicament”, p. 142., o “Hobbesian fear”, por ejemplo: “Wars are fought for many different causes […] But all particular causes of war operate within the context of international anarchy and the Hobbesian fear”, p. 102.

(7) Butterfield, History and Human Relations, pp. 15, 17.

(8) Ver Robert Jervis, “Cooperation Under the Security Dilemma”, World Politics, Vol. 30, No. 2 (January 1978), pp. 167-214; Charles L. Glaser, “The Security Dilemma Revisited”, World Politics, Vol. 50, No.  (October 1997), pp. 171-201; Glaser, “Realists as Optimists: Cooperation as Self-Help”, en Frankel, ed., Realism: Restatements and Renewal, pp. 122-63; Arnold Wolfers, Discord and Collaboration: Essays in International Politics (Baltimore: The Johns Hopkins Press, 1962); Marc Trachtenberg, “The Problem of International Order and How to Think About It”, The Monist, Vol. 89, No. 2, pp. 207-31; y Trachtenberg, “The Question of Realism: An Historian’s View”, Security Studies, Vol. 13, No. 1 (Autumn 2003), pp. 156-94. Para dos importantes críticas y reformulaciones, cfr.Schweller, “Neorealism’s Status-Quo Bias”; y Helen Milner, “The Assumption of Anarchy in International Relations Theory: A Critique”, Review of International Studies Vol. 17, No. 1 (January 1991): pp. 67-85.

(9) Ver Butterfield, History and Human Relations, pp. 27-28.

(10) Butterfield, History and Human Relations, pp. 31-2.

 

*Tesista de la Maestría en Estudios Internacionales, 
Universidad Torcuato Di Tella, Buenos Aires, Argentina

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