Asia Oriental en Transición

Autores

  • Prof. Pablo Brum

Resumo

La renuncia del Primer Ministro de Japón, Yasuo Fukuda, sirve para ilustrar la situación general de la región en que se encuentra ese país. En los distintos países que ocupan la región oriental de Asia, a veces llamada Extremo Oriente o Asia-Pacífico, se están dando una serie de procesos lentos y, en algunos casos, irreversibles.

Corea del Norte es un caso interesante. Se trata de un régimen tan hábil en su dominio totalitarista del país que aún hoy, en el año 2008, es muy difícil obtener novedades del lugar. Es inevitable que en algún momento el gobierno de Kim Jong-il se derrumbe por su propio peso. Incluso en días recientes comenzó por primera vez la especulación sobre la mala salud del "Querido Líder". El régimen también podría caer por un golpe de Estado interno, una guerra desesperada con sus enemigos o incluso por caos generalizado por el hambre y la miseria. El culto a la personalidad y la violencia a gran escala del régimen impiden predecir los detalles de la caída de un gobierno desesperado.

El culto a la personalidad y la violencia a gran escala del régimen impiden predecir los detalles de la caída de un gobierno desesperado.

La Administración Bush, por ejemplo, ha cambiado notoriamente su política hacia Pyongyang. Para desagrado de algunos pensadores de la política original de ese gobierno, el equipo Bush–Rice favorece ahora fuertemente las negociaciones con los comunistas, de modo de intercambiar ayuda en productos básicos a cambio de un desarme nuclear. El resultado de esta iniciativa, que a diferencia de la de la era Clinton contiene un componente de verificación sólido, está todavía en duda. De hecho, entre esta semana, y la pasada Pyongyang ha mandado señales que indican que renegaría del acuerdo y reactivaría sus instalaciones nucleares.

Japón está viviendo una crisis económica y demográfica en cámara lenta. Además, su sistema político vive días de inestabilidad, como lo demuestran las renuncias de los primeros ministros Shinzo Abe y Fukuda.

Desde hace algunos años ya se plantea un debate sobre la posibilidad de reformar la Constitución (que data de 1947), para permitirle al país tener una capacidad militar más acorde a los tiempos actuales. Mientras que sectores más nacionalistas y algunos liberales consideran que ha llegado el momento para que Japón dé por terminada la era de posguerra y vuelva a figurar en el escenario mundial y regional, otros adhieren a la tradición pacifista y antimilitarista de la Guerra Fría. Entretanto, en las últimas décadas, Japón ha hecho que sus Fuerzas de Autodefensa –que tienen prohibido operar en el exterior- sean las mejor armadas y financiadas de la región.

De hecho, es por insistencia de su viejo enemigo y posterior gran aliado, Estados Unidos, que Japón ha reconsiderado la posibilidad de reformar su Constitución para permitirse tener un papel más importante en el esquema de la seguridad regional.
Simultáneamente, el prodigioso crecimiento económico de China ha hecho que una proporción cada vez más grande del comercio exterior japonés sea con ese país. Más allá de viejas enemistades entre ambos países, los temas comerciales los están volviendo mutuamente dependientes y socios primarios uno del otro, sustituyendo el papel comercial protagónico de los Estados Unidos.

Sin embargo, un problema que afectará cualquier esfuerzo por tomar decisiones de importancia a nivel nacional se verá afectado por el principal problema que enfrenta Japón hoy: la crisis demográfica. Su población es la que enfrenta la combinación más dramática de factores de decrecimiento en todo el mundo desarrollado: más altas expectativas de vida, menores tasas de natalidad, menores tasas de inmigración y mayores costos en el Estado de bienestar.

El resultado es que se prevé que la población de Japón pase de los 130 millones del día de hoy a 100 millones en el año.

El país que más llama la atención en esta región es China. En las pasadas semanas lo hizo con los Juegos Olímpicos, que en términos deportivos y de organización fueron un éxito. El régimen chino logró barrer bajo la alfombra los informes que se colaron en los medios internacionales sobre represión a disidentes o incluso ciudadanos comunes que expresaban molestias con distintos aspectos de su gobierno.

Durante mucho tiempo, existió una suerte de verdad generalizada que sostenía que el siguiente gran conflicto entre grandes potencias sería entre Estados Unidos y China. Según esta idea, el crecimiento del poder relativo de la segunda la haría chocar militarmente con el primero, probablemente alrededor del conflicto en Taiwán.

En oposición a esto, el autor Thomas Barnett sostuvo explícitamente en 2004 que no habrá una guerra entre ambos países. La razón que citaba era que China se había integrado al core o núcleo de países adaptados al mundo moderno y sus reglas. Además, la creciente dependencia de China de su comercio con el mundo para poder desarrollarse –y los no menores beneficios financieros que trae a sus líderes- la incentivan a mantenerse en un curso pacífico e integrador.

Los años recientes de gobierno de la Administración Bush, han avalado la idea de Barnett. De un Presidente del que se esperaba una política más dura contra el régimen de Beijing se ha promovido una abiertamente enfocada en la cooperación. El Partido Comunista ha respondido acordemente, y el resultado es que la famosa confrontación Estados Unidos – China ha pasado, al menos hasta hoy, al universo de las hipótesis descartadas.

Naturalmente, quedan muchos temas que preocupan al mundo sobre China. Entre ellos se encuentran su creciente consumo energético, un cambio demográfico similar al japonés que se espera sea súbito, problemas de corrupción que lleven a crisis bancarias y otros.

Uno de los que ocupa más publicidad es la situación de los derechos humanos, que no ha cambiado desde los años 80. Para repeler las críticas provenientes del mundo libre sobre ese tema, China cada vez adopta menos la posición soviética de exagerar los problemas de sus críticos para trazar una equivalencia moral. En vez de ello, adopta una posición ambivalente en la que afirma que está buscando mejorar la situación nacional –que contiene implícito un reconocimiento de falta-, y a su vez condimenta sus comunicados de prensa con quejas sobre sus críticos, igual que antes.

La firmeza con la que se mantiene en el poder el régimen comunista de China hace a muchos afirmar que el mundo de hoy, además de estar viviendo un regreso de la historia en términos de política exterior, también lo está experimentando en política doméstica. En otras palabras, el aparente éxito de regímenes como el ruso o el chino indicaría que todavía existen alternativas viables e incluso legítimas localmente a la democracia liberal.

La prueba definitiva de la falsedad de dicha proposición la dará la historia – pero sí se pueden señalar algunos hechos que suelen quedar olvidados. Tanto en Rusia como en China hay desafíos diarios al régimen. La mayoría no llegan a los medios, ya que son suprimidos por el propio régimen. De los que sí llegan a la luz, el resultado es siempre el mismo: represión, encarcelamiento e incluso asesinato. La intimidación es la forma más antigua y eficiente que conocen los gobiernos tiránicos para desincentivar cualquier intento por criticarlos o removerlos.

En conclusión, a diferencia de regiones como Medio Oriente, en Asia Oriental no se están dando cambios súbitos. Corea del Norte se oxida un poco más cada día, pero nadie sabe realmente cuándo se desmoronará. Japón simultáneamente envejece y se achica en poder, pero considera cada vez más cómo ejercerlo hacia el exterior. China mantiene el eslogan del “surgimiento pacífico” e, incluso ignorando el aumento esperable en sus gastos en defensa militar, parece cumplir con su promesa. Estados Unidos, el tradicional participante geopolítico de fuera de la región, usa su influencia para mantener este curso moderado.

Quienes salen más beneficiados de este proceso son los millones de ciudadanos comunes de muchos de estos países, que prosperan gracias al comercio y el intercambio económico. La estabilidad geopolítica y financiera que vive la región permite, como opina Barnett, ver en Asia Oriental una región casi definitivamente integrada al sistema mundial, que se suma a América del Norte y Europa. El “casi” proviene del hecho irrefutable de que hay grandes manchas en esta región, sobre todo en Corea del Norte y la situación de las libertades individuales en China.

Este hecho es particularmente humillante para América Latina, que es una región supuestamente integrante o subsidiaria de Occidente y que, sin embargo, se las ingenia para retrasar su ingreso al mundo internacional estable y confiable aún cuando enfrenta menos problemas que muchos países de Asia Oriental.

* Prof. de Evolución Política y Económica de Asia Oriental
Depto. de Estudios Internacionales.
FACS. ORT- Uruguay.

Publicado

2008-09-11

Edição

Seção

Política internacional