Reino Unido: El Laborismo en su laberinto

Autores/as

  • Marcos Rodriíguez Schiavone

Resumen

Tanto las actuales encuestas de opinión pública como las últimas elecciones locales realizadas en el Reino Unido –siendo el caso más significativo el rotundo triunfo conservador para la alcaldía de Londres-, parecen marcar el fin de un largo idilio que viviera el Partido Laborista con el electorado británico durante los últimos 11 años. Si bien aún faltan meses para las próximas elecciones generales –que, siguiendo la actual tradición,  probablemente serán convocadas para mediados del 2009- , pocos están dispuestos a apostar por una nueva victoria del partido hoy liderado por el Primer Ministro Gordon Brown frente a su rival tory David Cameron.

Un repaso a los sondeos de los últimos meses marca una tendencia que parece ser imposible de revertir: una sorprendente subida de los conservadores (45% de los votos) frente a un brusco descenso de los laboristas (25% de los votos), siempre acosados por los Liberal-Demócratas, partido de tendencia socio-liberal que, con su sempiterna imagen de outsider, busca dar un salto definitivo al parlamento a través del sufragio de laboristas descontentos. Semejantes resultados darían a los conservadores una cómoda victoria en la Cámara de los Comunes de al menos 400MPs (Members of the Parliament) sobre un total de 646.

Si bien sería injusto obviar del todo el mérito del proceso de maquillaje de lostories de cara al electorado (menos énfasis en el conservadurismo social que le había granjeado el apodo de “the nasty party”; un convincente rejuvenecimiento de liderazgos; una conveniente ambiguëdad en cuanto a temas delicados como el euroescepticismo; etc.), el escenario actual se explica sobre todo por el desgaste y los propios errores de un laborismo que ha terminado por desencantar a las clases medias, el mismo electorado gracias al que había cosechado sendas victorias en el pasado reciente.

Hagamos un breve repaso histórico de lo acontecido en los últimos 25 años. Durante los gobiernos conservadores de Margaret Thatcher y John Major (1979-1997), el Partido Laborista mantuvo la misma discusión que muchos partidos socialistas de Europa Occidental: la disyuntiva entre mantenerse claramente a la izquierda del espectro político, o bien intentar moderarse con tal de ampliar su base electoral. Pero el problema del laborismo en comparación con sus pares europeos era el enorme poder que los sindicatos tenían sobre el partido. Los enfrentamientos de Thatcher con la clase obrera hicieron que en un principio la izquierda partidaria se impusiera con un programa político plagado de anacronismos (más poder a los impopulares sindicatos, medidas colectivistas, desarme nuclear unilateral, etc.) que a la postre provocaron una derrota estrepitosa en el 1983, además del abandono de varios MPs. Este verdadero intento de suicidio político proseguiría con un largo período de luchas intestinas entre radicales (el ala sindical) y moderados (el ala política), los cuales poco a poco, y no sin pocas dificultades, fueron tomando el control.

La consolidación de los moderados se da recién en el 1994, cuando Tony Blair, apoyado por una relativamente nueva generación de MPs –entre otros el propio Gordon Brown- obtiene el liderazgo definitivo del partido. Blair logró que los laboristas se convirtieran en una alternativa creíble de poder, llevando al centro a la fuerza política. Sus logros fueron varios: aprovechó el debilitamiento de los sindicatos para quitarles el control efectivo sobre la línea programática; se acercó a una postura económica mucho más ortodoxa en consonancia con la economía de mercado; prometió “mano dura” en asuntos de seguridad interna y la permanencia del paradigma atlantista en política exterior. Este brusco giro al centro (o hacia la centro-derecha, según sus críticos), promocionado oficialmente como New Labour, y sumado al carisma del propio Blair, no tuvo dificultades en imponerse cómodamente al oscuro gobierno de Major en las elecciones de 1997, a pesar de la agresiva campaña de contención conservadora liderado por el tristemente célebre eslogan “New Labour, New Danger”.

El gobierno de Blair, quien se convertiría en el Primer Ministro laborista con más tiempo en el cargo, hizo en un principio honor a las expectativas creadas. Económicamente, prosiguió con la línea ortodoxa de los gobiernos anteriores (lo que hiciera que buena parte de la prensa derechista le diera su endorsement en las elecciones del 2001 como “el mejor candidato conservador que se puede votar”). En materia estatal, promovió una política de descentralización hacia Escocia y Gales que adormeciera provisionalmente cualquier nacionalismo exacerbado, además de consolidar el proceso de paz en Irlanda del Norte. En políticas públicas, sus principales bazas fueron la optimización de los servicios públicos, haciendo especial hincapié en la salud y la educación.

Sin embargo, uno de los pilares del éxito inicial del nuevo laborismo, el apoyo incondicional a la tradicional “alianza atlántica” con los EE.UU. (popular en casos como el de Kosovo o la Operación Zorro del Desierto) sería aquél que comenzara a dinamitar rápidamente el respaldo, si bien no al gobierno en su conjunto, sí al Primer Ministro. La “cumbre” de las Azores, donde Blair, junto a sus pares norteamericano George W. Bush, español, José María Aznar, y portugués, Durao Barroso,  anunciaban su intención de invadir Irak a pesar de lo que determinaran las Naciones Unidas, fue el inicio de un desplome en popularidad cada vez más acentuado en cuanto la guerra se encaminaba a un final incierto, a la par que las ya célebres “armas de destrucción masiva” no aparecían. Una posterior investigación de la Cámara de los Comunes en cuanto a los informes de inteligencia que podrían haber sugerido tal hipótesis no fueron nada favorables al Primer Ministro, lo que le valió una importante pérdida de votos y escaños en las elecciones generales del 2005.

Esta “amarga victoria” de Blair, sumada a una esperable derrota en los comicios locales del 2006, fueron señal para que buena parte de su partido decidiera abandonarlo en determinadas políticas decisivas de su gobierno (siendo el caso más resonante el de las leyes antiterroristas tras los atentados del 2005), a la vez que la figura de Gordon Brown –considerado entonces un muy eficiente Ministro de Hacienda y otro de los autores intelectuales del New Labour, a pesar de su conocida enemistad con Blair- emergía como líder sustituto capaz de salvar al partido en el momento indicado. El cambio formal terminaría por darse el 27 de junio del año pasado, con la asunción de Brown tras la dimisión del golpeado líder que dirigiera el país por 10 años.

Si bien el aire fresco que reportó el cambio de Primer Ministro dio un breve respiro a los laboristas en las encuestas, la luna de miel fue más corta de lo esperado: tras un breve repunte en los sondeos de no más de dos meses, la fuerza política volvió a hundirse más rápido que nunca.

Cuesta entender, pues, en retrospectiva, semejante decisión. Hubiera sido imposible que los británicos tomaran el cambio de Primer Ministro como un nuevo gobierno que empezara desde cero. La transición de Blair a Brown no supuso un cambio en las políticas del gobierno, ni siquiera en política exterior. Peor aún: si las medidas impopulares tomadas desde Downing Street eran en cierto modo aplacadas por la pose jovial e idealista de  Blair, lo contrario ocurre con la imagen de frío burócrata que inspira Brown. Todo esto debe sumarse a una serie de denuncias de corrupción, la desaceleración económica generalizada en Europa y nuevas rebeliones dentro del partido, tanto desde el ala izquierdista como de la derecha. Quien fuera elegido por sus colegas laboristas como probable salvador del partido, se ha convertido en su peor pesadilla.

Con un electorado mayoritariamente de centro-derecha como el británico -perfil que el New Labour terminó por consolidar con su viraje ideológico en los noventa-, no sorprende que una porción tan importante del electorado se incline ahora por votar al Partido Conservador, que si bien no ofrece un gran cambio de ideas, sí propone un liderazgo sin el lastre de tantos años de gobierno. Tal vez la única posibilidad de evitar un cataclismo para Gordon Brown sea el retrasar las elecciones hasta la fecha límite de su convocatoria (2010) y esperar una suerte de milagro, pero con ello se correría el riesgo de perder aún más posiciones y ceder el segundo lugar a los Liberal-Demócratas, una jugada cuanto menos riesgosa en un sistema de elección mayoritaria como el británico, y por lo tanto algo que muy pocos MPs estarían dispuestos a tolerar con tal de preservar sus asientos en la Cámara de los Comunes. No sería extraño que muchos laboristas estén pensando actualmente en un nuevo recambio de liderazgos, esta vez dirigiéndose posiblemente a la izquierda.

 

* Estudiante de la Licenciatura en Estudios Internacionales. 
FACS - ORT- Uruguay

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Publicado

2008-07-10

Número

Sección

Política internacional