ANÍBAL BARRIOS PINTOS Y LA VOZ DE LAS OLVIDADAS

Prof. Natalia Almada

Resumen

El historiador uruguayo Aníbal Barrios Pintos murió en Montevideo, el 1º de junio de 2011. Ocurrió una mañana, mientras participaba de una reunión de los miembros del Instituto Histórico y Geográfico. En su caso, parece aplicable aquella manida expresión: “murió a sus jóvenes 92 años”.

Porque para 2011, Barrios Pintos -con más de siete décadas de investigación periodística e histórica en su haber- aún seguía en actividad. Prueba de ello es que por esos días lo ocupaba la edición de su obra De tierra adentro, escritores, músicos y artistas plásticos del interior uruguayo, una suerte de homenaje a los creadores no capitalinos.

El trabajo de este incansable recuperador de la memoria colectiva constituye, ante todo, un aporte para la afirmación de la identidad nacional, como bien lo señalaron los legisladores de la Cámara de Representantes que le tributaron homenaje el 8 de octubre de 2003. Su vasta obra recorre desde la historia de los departamentos de Paysandú, Lavalleja, Rivera, San José, Artigas y Río Negro, hasta la historia nacional y el proceso independentista.

En sus más de cuarenta libros publicados y en múltiples artículos de prensa, Barrios Pintos dio cuenta de la diversidad social y cultural de nuestro país. En tal sentido, resulta insoslayable mencionar la serie Los barrios de Montevideo -elaborada junto al historiador Washington Reyes Abadie- dedicada, entre otros, al Cordón, a la Unión, a Villa Colón, al Paso Molino y a la Ciudad Vieja.

Pero es sobre El silencio y la voz. Historia de la mujer en Uruguay que nos vamos a detener. El autor señala en el prólogo que “quienes escriben historia escasamente se han ocupado en sus obras de las mujeres que habitaron esta tierra oriental del Uruguay, en tiempo de más de tres siglos, comprendido entre 1531 (…) y el fin de la defensa de Paysandú, en la que algunas participaron con rango heroico”1. Barrios Pintos lo consigue.

Para ello, evoca a las transgresoras, a las ignoradas, a las indígenas, a las patricias, a las heroínas olvidadas, a las educadoras, a las que por amor se enarbolaron en luchas libertarias y a quienes por sus ideales traicionaron a sus maridos.

Así, por ejemplo, el capítulo dedicado a las indígenas recuerda a la charrúa Guyunusa y su calvario parisino, la maternidad y el amor por Tacuavé (otro de los charrúas tomados como prisioneros en Salsipuedes y posteriormente trasladados a Francia). También a María Luisa Tiraparé, una guaraní radicada en una localidad de Durazno, que a fines del siglo XIX ejerció la autoridad de cacica y de mayordoma de la iglesia, y que habría fallecido a los ciento quince años de edad.

Las peripecias de la “insurgente” María Josefa Oribe de Contucci integran el capítulo dedicado a las patricias. Esta mujer, esposa de un armador florentino y asesor directo de la princesa regente de Portugal y Brasil, fue una fervorosa partidaria de la causa americana. Ayudó al marino Manuel Blanco Escalada –que quería luchar por la independencia de Chile- a fugar de la cárcel de la Ciudadela; juntó fondos para la cruzada libertadora de 1825; llevó a cabo una acción muy arriesgada ante los sargentos del Batallón de Pernambucanos buscando obtener la sublevación a favor de la causa patriota; disfrazada de lavandera, engañó a los guardias que custodiaban la entrada a la ciudad, y consiguió el material de cirugía que necesitaban los patriotas. Agustina Contucci y Oribe -hija de la aguerrida insurgente- se casó en 1829 con su tío carnal, Manuel Oribe, lo que convirtió a María Josefa en hermana y suegra del segundo presidente constitucional que tuvo nuestro país.

Las mujeres que formaron parte de la vida pasional y amorosa de los caudillos orientales ocupan otro capítulo. Abrevando en el trabajo de otros historiadores y en múltiples fuentes documentales, Barrios Pintos nos adentra en los amores fugaces o perdurables de José Gervasio Artigas y de Fructuoso Rivera.

Como menciona el autor, “frente a la abnegada actitud de sus esposas, enamoradas y sufridas, dedicadas mayormente al cuidado de la casa montevideana, de la crianza de sus hijos, de la economía hogareña –muchas veces soportando la pobreza- las mujeres que se mencionan en este capítulo, aunque no jugaron un papel decisivo en el destino de héroes nacionales, ofrecen una visión menos marmórea de los mismos y más comprensiva de su condición humana”2.

En su afán por rescatar hechos y nombres que permitan modificar el concepto bastante generalizado de que la mujer oriental se mantuvo al margen de los conflictos emancipadores de la época, Barrios Pintos nos acerca al mundo de las “heroínas orientales olvidadas”. Entre ellas se destaca Rosalía Dutra, cuyo accionar mereció una mención especial del por entonces coronel mayor del Ejército de la Patria y ministro de Guerra, Manuel Oribe. Rosalía Dutra demostró su heroísmo al cruzar ríos a nado transportando sobre su cuerpo paquetes de municiones para hacérselos llegar a los combatientes que luchaban por la causa patriota, y al recorrer a pie más de veinticinco leguas para entregar cartas y recados a las tropas.

La mirada de los viajeros sobre las mujeres que poblaban nuestro territorio también está presente en El silencio y la voz. Historia de la mujer en Uruguay.
Los relatos escogidos por Barrios Pintos ilustran las costumbres de las damas montevideanas de la época - revelando aspectos vinculados a la vestimenta y a la vida social-, así como también de las mujeres campesinas.

El trabajo femenino ocupa otro capítulo, en el que están presentes, entre otras, cocineras, amas de cría, lavanderas, planchadoras, cigarreras y pulperas. El autor se detiene en la primera partera que ejerció su profesión en Montevideo, María Álvarez Herrera y Trujillo, y en Celedonia Wich, quien se hizo cargo del almacén que había pertenecido a su esposo, Cristóbal Salvañach, un exitoso hombre de negocios, militar y cabildante. Dicho comercio, que llegó a constituirse en una de las firmas más importantes de la época, estaba emplazado en la esquina de las calles San Felipe y San Gabriel (actuales Rincón y Misiones). Como recuerda el autor, en esa misma finca –donde hoy funciona el Museo Histórico Nacional- Celedonia Wich fue asesinada por una de sus esclavas, lo que se constituyó en el caso judicial más resonado de la época.

Las mujeres de las que se ocupa Barrios Pintos también supieron incursionar en las letras, el teatro y las bellas artes, lo cual, en muchas ocasiones, las colocó en el centro de grandes polémicas. Tal el caso de Marcelina Almeida, autora de la primera novela escrita por una mujer en Uruguay, y titulada Por una fortuna una cruz. Su publicación, en 1860, generó un enorme revuelo no sólo porque la obra era en sí misma una crítica a la institución del matrimonio, sino porque el derecho de la mujer a escribir estaba en discusión en la época.

Hoy resultaría impensable asistir a una controversia de ese tipo. Sin embargo, aún en estos tiempos, es oportuno recordar el camino recorrido por las mujeres uruguayas a lo largo de más de tres siglos. Sobre todo si consideramos como cierto que muchas de esas mujeres han sido, en gran medida, postergadas e incluso ignoradas por la historia. En El silencio y la voz. Historia de la mujer en el Uruguay, Aníbal Barrios Pintos las rescata del olvido y las trae hasta nuestros días.

1- Barrios Pintos, Aníbal (2001). El silencio y la voz. Historia de la mujer en el Uruguay. Montevideo, Uruguay. Linardi y Risso, p. 7

2- Op. Cit., p. 97

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