NUEVAS CARAS EN LA UNIÓN EUROPEA

Authors

  • Joaquín Roy

Abstract

Por fin, luego del forzado descanso veraniego, la Unión Europea tiene nuevas caras con las que completar el equipo que comenzó a surgir como resultado de las elecciones del Parlamento celebradas el 25 de mayo. De momento, se había acordado el nombramiento del conservador luxemburgués Jean-Claude Juncker para el importante puesto de presidente de la Comisión. Aunque costó esfuerzos vencer la oposición de algunos estados (como el caso notorio del británico David Cameron, quien se oponía al aparente federalismo de Juncker), se logró cumplir con el espíritu del Tratado de Lisboa y ofrecer el cargo al candidato del grupo parlamentario que había conseguido una mayoría relativa. Era un ensayo de lo que algún día podría replicar el proceso electoral de un estado. El segundo acuerdo fue para dejar seguir por otros dos años y medio (un compromiso clásico de la UE para dividir entre conservadores y socialistas el lustro de mandato) en su puesto de presidente del Parlamento al socialista alemán Martin Schultz. Había, de momento, un equilibrio entre la derecha y la izquierda moderadas.

Entonces se debió encarar la parte más espinosa, ya que la Europa carolingia tradicional seguía detentando el control del ente necesitado de renovación. La Europa del este, al ataque desde el final de la Guerra Fría, pedía cancha libre. Por otro lado, se notaba la ausencia de mujeres. Juncker ya había advertido que no permitiría una nueva Comisión que no tuviera por lo menos un tercio de féminas. El Parlamento ya se encargaría de ejercer su autoridad y rechazar la Comisión en pleno, una de sus prerrogativas de disuasión nuclear. Pero, el orden establecido, machista sin competencia en el resto del universo, no daba señales de corregirse. Entonces se puso en marcha el encaje de bolillos consuetudinario de la UE para lograr el balance. Todo tiene arreglo en Bruselas, mercado sin par en el terreno de las componendas.

En la recta final, el rompecabezas comenzó a ponerse en orden con el abandono de la candidatura de la primera ministra danesa Helle Thorning-Schmidt. Entre otras cualidades, se había hecho mundialmente famosa por un “selfie” con Obama en el funeral de Mandela, libertad que al parecer no fue del agrado de Michele. Thorning prefirió enfrentarse a las nuevas elecciones en su país, además de evitar las críticas de que Dinamarca no es miembro del euro. Entonces se ejecutó una doble jugada comunitaria.

Un polaco en la presidencia

Primero, se nombró al primer ministro de Polonia Donald Tusk, como Presidente del Consejo de la UE. Nativo de la báltica Gadank, hijo de carpintero, aceptable jugador de fútbol, de inclinación liberal-conservadora, procede de las filas de Lech Walesa. Segundo, Federica Mogherini, debutante inquilina de la Farnesina (aquel edificio emblemático que se comenzó en pleno régimen de Mussolini), sede del ministerio de Asuntos Exteriores italiano, fue catapultada como ¨Lady PESC” al puesto de Alta Representante de la Política Exterior y de Seguridad de la UE.

El aterrizaje de Tusk en Bruselas confirmaba, por lo tanto, la reinstalación de la Europa proscrita por la división de Europa, como recompensa a la Unión Soviética por su lucha contra Hitler. Polonia había hecho más que suficientes méritos para recuperar el protagonismo merecido por su posición geográfica y las dimensiones geográficas. Era la inserción idónea en el club de los cinco grandes (los fundadores Alemania y Francia, Italia y el Reino Unido, con la adición de España) que disfrutaron de dos comisarios hasta la terminación de ese sistema). Polonia recordaba que no era “oriental”, sino “central”. Con un papa polaco en Roma, llamaba la atención.

Tusk, veterano de siete años como residente del poder en Varsovia, había conseguido maquillar el mal recuerdo de los hermanos Kaczyński. Tusk consiguió ser reelegido, hazaña no al alcance de muchos primeros ministros europeos en una época de castigo electoral. En el entramado comunitario, el precedente fue el mandato del también polaco Jerzy Karol Buzek como presidente del Parlamento Europeo entre 2009 y 2012. La rémora de que Polonia no está en la eurozona se equilibraba con la promesa de cumplir con los requisitos con ingresar en el club por méritos y deseos propios. Personalmente, a Tusk ya le han echado en cara su débil dominio del inglés (tampoco habla francés), pero ha respondido que se esmerará y que a final de año sorprenderá a todos. Si cumple con sus promesas será un acicate para los presidentes españoles, mudos en la lengua inglesa.

Una joven italiana como canciller

La novedad estribaba en que su valedor, el primer ministro italiano Matteo Renzi, había conseguido tozudamente doblegar la resistencia de los representantes bálticos que consideraban que su candidata era demasiado suave en el trato de Rusia, habiendo llegado al extremo de invitar a Putin a una reunión.

El caramelo del nombramiento de Tusk conseguía moderar la oposición del este europeo, pero no borraba la reticencia del resto que consideraba que una joven que apenas había dejado de ser treintañera representaba una apuesta suficiente para enfrentarse a los enemigos externos de un mundo en convulsión.

Sin embargo, Renzi jugaba arriesgadamente con un plan compuesto por varias dimensiones. En primer lugar, con Mogherini había enviado un mensaje al núcleo del poder en Roma para tratar de terminar con el espejismo de que para recibir el respeto político se debe estar a punto de cumplir cien años. Segundo, Renzi quiere atacar de frente la pobre fama de Italia en los asuntos europeos durante los últimos años, por culpa de la deleznable presencia de Berlusconi, tanto en el poder como en la oposición, un lastre que todavía había tenido que soportar su antecesor Enrico Letta. En tercer lugar, el primer ministro italiano quiere de esa forma influir en la propia política exterior de la Unión Europea por vía de su protegida.

La arriesgada apuesta puede fallarle a Renzi precisamente por la debilidad del sistema italiano que acepta el protagonismo de un socialista moderado mientras no haga peligrar los cimientos del templo. En el terreno comunitario, deberá contar con la colaboración de sus correligionarios socialistas, de capa caída en tiempos recientes, víctimas de la crisis, obligados a poner en marcha políticas neoliberales de austeridad que han causado defenestraciones desde Escandinavia a Portugal y Grecia.

Mogherini, por su parte, deberá enfrentarse a los problemas tradicionales y a los nuevos retos. El sistema ya la ha convertido en blanco de su desconfianza por su edad. Con su juventud, se va a ver poco acompañada en un grupo en el que la mayoría podrían ser sus padres. Mientras en la Comisión (es también vicepresidenta del ejecutivo) apenas estará confortada por el puñado de mujeres que Juncker consiga capturar, en el Consejo solamente verá el apoyo de cuatro damas dirigidas por Angela Merkel en una mesa poblada de aburridos varones de trajes oscuros y corbatas detestables, cada uno de ellos obsesionados por ejercer, por su cuenta y riesgo, el mando de la política exterior.

El peor mal augurio del nombramiento es la sospecha de que el núcleo duro de la UE no considera que el puesto de Alta Representante sea importante, ya que su competencia dura de seguridad y defensa sigue siendo ajena al dominio de la supranacionalidad. El segundo reto de Mogherini es que, como su antecesora Catherine Ashton, todavía deberá soportar el fuerte peso dejado por la huella del fundador del cargo, Javier Solana.

Pero, en ambición y curriculum ya supera a la olvidable Ashton, quien ya tenía el billete de tren de vuelta por debajo del Canal de la Mancha a Londres cuando sorpresivamente la nombraron. Mogherini puede ya probar que se ha estado preparando para el cargo de este perfil durante dos décadas mediante una licenciatura en Ciencias Políticas, la experiencia como Erasmus en Aix-en-Provence, y una tesis sobre el Islam político. Pero la joven madre de dos hijas, suave sonrisa y ojos claros, que más parece una profesora asistente en busca de hacer méritos académicos para conseguir una cátedra, puede dar alguna sorpresa desagradable a los que ya predicen su fracaso. Es ya una profesional en un terreno en que se necesitan vocaciones y nuevas visiones. Detrás tendrá el equipo diplomático más impresionante del planeta, compuesto por los ministerios de veintiocho países y el propio Servicio de Acción Exterior Europeo (SAEE). Merece suerte, no solamente para ella y Renzi, sino para todos los europeos, y más allá.
 

Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’
Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

Published

2014-09-11

Issue

Section

Política internacional