Los orígenes intelectuales de los totalitarismos del siglo XX (Parte II)

Authors

  • Jonathan Arriola

Abstract

En el artículo anterior recorrimos los aportes filosóficos del Romanticismo a la forja de los programas totalitarios del siglo XX. Señalamos también que la emergencia de esos movimientos no pudo ser posible sin el proceso precedente de desgaste de la ideología liberal. A ello contribuyó no sólo la vuelta de la monarquía de derecho divino, sino diversos desarrollos conceptuales que, en oposición a varios preceptos liberales, pusieron el acento en la libertad colectiva y en el particularismo cultural. En especial, dijimos que el historicismo decimonónico se había constituido como un movimiento que no sólo pondría en cuestión varios principios liberales sino que también desbrozaría el camino para las conceptualizaciones totalitarias.  Dada esa importancia, conviene estudiarlo en profundidad.

A. El discurso historicista

Aunque los rudimentos del discurso historicista pueden rastrearse hasta la Antigua Grecia, siendo constatables incluso en algunos desarrollos de la Ilustración, el historicismo como tal, es decir, como postura epistemológica, no se desarrollará sino a partir de la Revolución francesa. Serán Johann G. Herder, Gustav von Hugo, Frederick Karl von Savigny y Frederick W. Hegel los padres fundadores de ese movimiento historicista que nace a posteriori de la Revolución francesa y que cosechará abundantes frutos a lo largo del siglo XIX y principios del XX.

Ahora bien: ¿en qué consiste precisamente el historicismo? Esta escuela de pensamiento argumenta, en pocas palabras, que la realidad no es más que el resultado de su historia. Para la óptica historicista, la esencia de una cosa no radica en una supuesta naturaleza atemporal: radica precisamente en su desarrollo histórico. En la medida en que concibe a la realidad como una concatenación de hechos que se suceden unos sobre otros de manera inevitable, el historicismo, independientemente de cuál sea su forma doctrinaria puntual, tenderá a justificar todo lo que sucede en la Historia. Efectivamente, para el historicismo, la historia no narra un devenir errático o azaroso, sin propósito o sin sentido. El progreso no es accidental. Todo lo contrario. La historia está compuesta de "ritmos", "patrones", "leyes" o "tendencias" que pueden no ser evidentes a primera vista pero que están allí, guiando constantemente el devenir hacia su fin último o thelos. De allí que sea absurdo imaginar, diría un historicista, que en la historia haya espacio para el arbitrio, la contingencia o la fugacidad.En general, todo lo que acontece está pautado por los designios de la Divina Providencia (Vico y Hamann), de una Ley natural, del Progreso (Condorcet y los positivistas), del Espíritu Absoluto (Hegel) o de las Fuerzas Económicas (Marx).

Este lenguaje historicista será incorporado a la retórica de los programas totalitarios de principios de siglo XX. Recordemos que Marx habla, más en conexión con el legado cientificista de Las Luces que con el Romántico, de “leyes objetivas de la Historia” y que Hitler, alineado con el más extremo irracionalismo, creyó haber encontrado “leyes naturales” que estarían detrás del ascenso histórico de la raza aria sobre todas las demás y, en especial, sobre la semita. Lo que es importante destacar aquí es que esta construcción historicista se dará de bruces con la propuesta liberal, no sólo porque el liberalismo había decidido explícitamente evacuar la historia de su propuesta, sino porque además postulará algo que era ajeno a la teoría liberal: la existencia de unsujeto histórico que será portador de una misión histórica.

1. El sujeto histórico. Según el relato de “el progreso” armado por Las Luces, la ciencia, la razón y el conocimiento vendrían a mejorar no sólo las condiciones de vida materiales del hombre sino también sus condiciones morales y políticas. La historia era, para los ilustrados, una suma de hechos que en su conjunto narraban el triunfo de los derechos del hombre y de la independencia individual. Esta idea de “el progreso” se mantenía dentro de los parámetros de la propuesta liberal original, por cuanto tenía en el centro de la escena histórica al individuo o, en todo caso, a la humanidad toda.

Sin embargo, para el historicismo del siglo XIX, el sujeto primordial de la historia no va a ser ni el individuo ni el Hombre, como tal. Vendrán a ocupar ese lugar entidades mucho más amplias: como son el Estado o la Nación. Esta conceptualización fue acuñada, a modo de ejemplo, por Herder y Hegel, para quienes el desarrollo de la Nación y del Estado, respectivamente, son los que, precisamente, explican el progreso de la Historia universal. Con ese énfasis en la predominancia de lo colectivo en el acontecer histórico, el historicismo procedió  a rehabilitar la visión organicista de la sociedad, contra la cual habían luchado en consuno tanto el liberalismo como la Ilustración. Ya enfundado en un formato totalitario, este historicismo implícito en la lógica de “El capital” de Marx y de “Mi lucha” de Hitler adoptará como sujetos históricos al proletariado y a la raza aria.

2. La misión histórica. No sólo reemplazará al individuo por supra-entidades, este historicismo, le asignará a esas supra-entidades, supuestamente encargadas de hacer girar las ruedas de la historia, una determinada misión histórica. Es decir, esas entidades no sólo son responsables del devenir histórico, de “empujarlo”, sino que además tienen el encargo de llevarlo hasta su realización última. En otras palabras: esa supra-entidad es la que vendrá a poner punto final al largo recorrido histórico. Tal centralidad se le confiere a esa misión histórica,que se concibe que todo el desarrollo histórico anterior era tan sólo un preámbulo de ése momento excepcional que se anuncia, con bombos y platillos, como el “fin de la historia”.

En el caso del comunismo marxista, es al proletariado, al que le es encomendada la tarea de llevar a cabo el propósito de la historia: a saber, abolir la sociedad de clases y reemplazarla por una sociedad igualitaria, desembarazada de cualquier forma estatal. Del mismo modo, en el caso del nacionalsocialismo, el sujeto histórico, el “volk”, mezcla, como veremos, de raza y nación, tendrá como misión histórica lograr la llamada“asepsia racial” y coronarse como la raza dominante.Es importante señalar que esa “misión histórica” no es meramente la descripción de un hecho pautado por “normas”, “leyes” o “fuerzas” superiores. En realidad, reviste la forma de unimperativode orden moral al que el sujeto histórico debe responder y asumir. Es así que el proletariado hará la revolución en nombre del comunismo y el “volk” alemán en nombre de su supuesta superioridad racial.

Hasta aquí hemos recorrido el tronco común que emparenta filosóficamente al comunismo con el nacionalsocialismo y el fascismo. Sin embargo, el nacionalsocialismo será portador de un concepto que no sólo lo distanciará considerablemente de la filosofía comunista sino que jugará un papel central en su ideología. Nos referimos al concepto de “volk”, que veremos a continuación.  

2. C onstruyendo el “volk” nacionalsocialista

El comunismo marxista fue en gran medida hijo de Las Luces. Su construcción teórica está hecha con materiales procedentes de la vertiente racionalista pregonada por los ilustrados. Buena parte de su visión del funcionamiento de la economía se basó en la reflexión legada por la Ilustración. Smith y Ferguson, a título de ejemplo, fueron para el filósofo alemán figuras no sólo influenciantes sino dignas de admiración. Su socialismo se nutrió, entre otros, de las propuestas de Bonnot de Mably y de Saint Simon, personajes ambos comprometidos al movimiento ilustrado. El ateísmo recalcitrante que exhiben las obras de Marx nace seguramente de la aguda crítica de los “philosophes” al cristianismo y a la religión en general –amén del heredado por el antropólogo Ludwig Feuerbach -. Lo mismo es válido para su visión materialista de la realidad. Es ampliamente conocido que Diderot y d’Holbach, dos de los ilustrados más agudos en su crítica a la religión y más afiliados al monismo metafísico de Spinoza, se encontraban entre las lecturas recurrentes de Marx.

Por otro  lado, la idea marxista de que la historia se rige por un puñado de “leyes objetivas”, brota del intento ilustrado de darle cientificidad al estudio histórico, siendo, a la vez, una versión radicalizada de “el progreso” y de la dialéctica “ultra-racionalista” de Hegel. En su intento por superar a Las Luces, el comunismo marxista caerá en un racionalismo intolerante y en un universalismo excesivo, que terminará en los gulags, en el Holodomor y en la Primavera de Praga. Ése legado iluminista es menos notorio en el fascismo italiano y en el nacionalsocialismo, que son, más bien, feudatarios del Romanticismo. Tal es el caso del concepto de “volk”, que, como veremos, el nacionalsocialismo extraerá y re-trabajará de algunos autores románticos.

La idea “volk” se confeccionará, a lo largo del siglo XIX y principios del XX, a partir de varias ideas y corrientes de pensamiento provenientes de los más diversos ámbitos, desde la filosofía hasta la biología. Veámoslo en detalle y dilucidemos sus diversas fuentes. 

1. Los orígenes románticos. La idea de “volk” nace de quien, según algunos autores, fue el primer “romántico”: Johann G. Herder. Traducido literalmente del alemán, “volk” significa “pueblo”. Pero el significado atribuido por Herder a dicha palabra va más allá. En el lenguaje del filósofo alemán, el “volk” hace referencia específicamente al conjunto de valores culturales que definen a un determinado colectivo humano y que lo diferencian de otro. Para ilustrar esa idea, Herder recurre a una analogía: así como los individuos poseen un alma, así también, el pueblo, que es una suerte de individuo amplio, posee una. Esta alma, o “volkgeist”, se despliega a través de la historia y se plasma empíricamente en cosas tan variadas como el arte, la religión, las leyes y, en especial, el lenguaje.

Si bien en Herder los distintos “volk” eran totalidades culturales, el autor se resistía a que se organizaran en Estados, dado que esto, argumentaba, desvirtuaría su carácter natural y conduciría a la discordia y al enfrentamiento. Asimismo, Herder rechazaba toda asimilación de Nación con raza. Es por ello que, aunque Herder es efectivamente el padre de la idea de “volk”, bajo ningún concepto puede endilgársele a él las catastróficas consecuenciasa las que dicha idea llevó de la mano del nacionalsocialismo. El “volk” de Herder está virgen de todo contenido absolutista y belicista: nada más alejado del nacionalismo despótico y bárbaro profesado por el nacionalsocialismo. El concepto de “volk”, más bien, Herder lo esgrime contra lo que considera es un universalismo y un racionalismo ingenuos y, en algún punto, peligrosos para la pluralidad.

Además de Herder, el filósofo idealista Johann G. Fichte contribuiría a acentuar la idea de un “volk”, sobre todo, de un “volk” alemán. En efecto, el autor enunciaría en sus “Discursos a la nación alemana” la superioridad natural de los alemanes frente a los franceses, pese a haber sido derrotados por estos militarmente. El llamado que hace Fichte a Alemania está dirigido a lograr construir la unidad de esa nación que, aún luego de caído el Sacro Imperio Romano Germánico, y hasta la unificación en 1871 concretada por Otto Bismark, permaneció dividida en diversos reinos, principados y Estados. La idea de Fichte era apelar a la unidad espiritual de los alemanes en vista de su aparentemente irremediable fragmentación política y económica.

2. El corporativismo . Es verdad que ya en Herder el individuo era definido en función de su pertenencia a la comunidad. Pero también es verdad que en ningún momento el autor esboza una mirada corporativista de la comunidad. Es decir: según él, los individuos se han de entenderdesde la comunidad pero ésa comunidad no puede de ningún modo acabar con imponérseles. Sin embargo, poco a poco, esa idea originaria de Herder transitaría otros rumbos que desembocarían en la supresión de la individualidad en favor de la comunidad.

Quizás haya sido Hegel el primer filósofo en elaborar una teoría estatal-corporativista del “volk”, desarrollada en su “Filosofía del Derecho”. Su visión dialéctica de la historia llevó al filósofo alemán a concebir que el último estadio de la realización histórica se concretaría en el Estado. Efectivamente, para Hegel, todos los intereses individuales son finalmente superados en el Estado, quien pasa ahora a ser la encarnación de aquellos valores supremos vinculados al bien común. De esa forma, los individuos, concebidos por Hobbes y Locke como unidades relativamente autónomas, dejan de serlo para identificarse con esa entidad éticamente superior, que es el Estado. Se deslizó así la idea, de vocación proto-fascista, de que el individuo es un ser subordinado por entero a los fines del Estado. En efecto, con esa visión, Hegel echará las bases de la teoría fascista del Estado, elaborada por Mussolini y Gentile para los años 20.
Esta visión corporativista se desarrolla en oposición a la visión liberal. Se entendía que la sociedad no era una agrupación volitiva de individuos sino una compleja amalgama de instituciones sociales, de organizaciones políticas y religiosas, etc. que responden a un determinado desarrollo histórico y que, por tanto, son anteriores a cualquier individuo. El corporativismo decimonónico visualiza como peligroso al liberalismo por considerarlo como una ideología divisoria al estar centrada en el individuo a secas. En contraposición, se promueve a la “nación” o al “volk” como las entidades que permiten la “síntesis” y “superación”, para ponerlo en lenguaje hegeliano, de toda fragmentación individualista y de toda tipo de confrontación, como la que llevaba implícita el comunismo revolucionario con su acento en la lucha de clases.

3. Los aportes de la geopolítica. Al lado de ése rampante corporativismo, surgió a principios de siglo XX, con la publicación de "Introducción a la geografía sueca" (1900) de Rudolf Kjellén, una disciplina que, utilizando una dudosa epistemología que combinaba política con ciencia natural, se aprestará a estudiar al Estado, no como una realidad de orden social o cultural, sino como una de índole natural. El Estado, en otras palabras, será visto por esta corriente como un ser vivo. Nace así la llamada “geopolítica”. Aliándose con el vitalismo filosófico de Nietzsche, Dilthey, Bergson, y en sintonía con las tendencias corporativistas, esta disciplina, de pretendida vocación “científica”, verá en los diversos desarrollos de la sociedad procesos similares a los de cualquier organismo vivo. Es así precisamente que, para los geopolíticos, el Estado está destinado, porque así lo pauta la propia biología, a nacer, madurar y morir.

Sin adentrarnos en detalles que no vienen al caso, lo que importa subrayar aquí es que esa visión geopolítica del Estado sirvió de justificación teórica para ciertas prácticas del nacionalsocialismo. En efecto, si el Estado es un ser vivo, entonces, como cualquier otro, necesitará expandirse si quiere crecer. Así, la adquisición de nuevos territorios, la colonización y hasta la guerra pasaron a ser vistos, no como decisiones políticas cuestionables, sino como imperativos de orden “vital”. Bajo esa óptica, el imperialismo de algunas potencias europeas, en boga durante la segunda mitad del siglo XIX, era interpretado como signo de “buena salud”. Un Estado que no amplía fronteras es como un individuo que no crece: está destinado a morir. Los límites de un Estado deben ser, por ello, cambiantes. Según si sus fronteras están o no en expansión, se diagnosticará si el Estado está en una etapa de crecimiento o de decadencia. De allí la idea de “espacio vital”– o “lebensraum”-, elaborada originalmente porFriedrich Raztel, y que fuera adaptada por el teórico naziKarl Haushofer a los fines de una Alemania que comenzará a expandirse y anexar territorios circundantes.

4. El mito de la raza.A todas esas tendencias, se le sumaría a la idea de “volk” el componente racial. Aunque hubo otros, sin duda el primer texto que ejerció una influencia considerable sobre el desarrollo racista del “volk” será el “Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” (1853-1855) de Joseph Arthur de Gobineau, en donde se proclamaba  livianamente la superioridad de las razas blancas sobre las negras y semitas en términos de fuerza, belleza e inteligencia. En realidad, la obra de Gobineau no sólo se hacía eco del ideario de la geopolítica sino también de algunos conceptos que una in status nascendi antropología traía consigo.

Es cierto que ya en el siglo XVIII, como producto de la expansión de la ciencia hacia otras áreas del conocimiento, aparecieron las primeras clasificaciones raciales del hombre. Dos personalidades se destacaron a ese respecto, como fueron Buffon, Linneo y Blumenbach. Sin embargo, ésa clasificación no conllevará todavía ninguna imperativo ético. El fin era conocer, no valorar. Pero ello cambiará diametralmente para el siglo XIX.

La idea de que una raza es “superior” o “inferior” porque es portadora de “mejores” o “peores” componentes biológicos, emergerá asociada a un tipo de antropología-sociología, de cuestionable estatuto científico, que intentará transpolar la teoría evolucionista de Darwin a la esfera social. Aunque falazmente, se concibió así que, dentro de la sociedad, sólo triunfan aquellos individuos “más fuertes”. Del mismo modo, en lo referido a las razas, se afirmará la existencia de una jerarquía natural: hay razas superiores e inferiores, amas y esclavas. Por eso mismo, los socialdarwinistas, ya consolidados como ideología política más que como una disciplina de carácter científico, rechazarán el mestizaje por considerarlo una perversión antinatural que va en detrimento de las razas “superiores”. Con el mismo argumento, se resistirá al liberalismo, al igualitarismo y al internacionalismo. Estos aportes socialdarwinistas y racistas trabarán alianza con el explícito organicismo de la geopolítica y, de esa forma, se completará la tríada en la que versará toda la ideología nacionalsocialista: “suelo, sangre y raza”.

Por supuesto que mucho antes el discurso antisemita ya había echado raíces, no sólo en Alemania sino en gran parte de Europa. Aunque no exclusivo del siglo XIX y XX -baste recordar la decisión de Isabel la Católica de expulsar a los judíos de España en el siglo XV-, el antisemitismo se vio acentuado exponencialmente. En efecto, anteriormente, las naciones europeas vieron como una “solución” a la situación de los judíos el fomentar su reeducación religiosa, como propuesto en su momento Lutero. Pero, conforme los paradigmas biologistas y organicistas se afincaron en el ideario político y social, se convino en señalar que lo de los judíos no era un “problema” religioso sino biológico. Es así que el autor inglés Houston Chamberlain se permite decir:“[Que]la corrupción de la sangre y la influencia desmoralizadora del judaísmo, he aquí las causas principales de nuestros fracasos.” Tachados de “inferiores”, los judíos empezaron a ser vistos como una amenaza para aquellas naciones racialmente “puras”, como Alemania.

El triste derrotero de todas estas conceptualizaciones ya es por todos conocido.

 
 
*Licenciado en Estudios Internacionales
Profesor de Polìtica Comparada
Depto. de Estudios Internacionales
FACS, Universidad ORT Uruguay

Published

2012-06-07

Issue

Section

Enfoques