Elecciones en Italia

Autores

  • Prof. Javier Bonilla Saus

Resumo

En la enorme mayoría de los países con sistemas democráticos y liberales (independientemente de que sean republicanos o no), el acto eleccionario por medio del cual se eligen aquellos que integrarán diversas instancias de gobierno, constituye un momento privilegiado de la vida política.

En el caso de Italia, eso sigue siendo así. Sin embargo, una buena parte de los observadores internacionales se preguntan cómo es posible que la ciudadanía italiana siga participando electoralmente, una y otra vez, y a veces hasta con cierto entusiasmo, cuando desde el fin de la Segunda Guerra mundial se han sucedido 62 gobiernos en 57 años. Es decir, en ese período, Italia ha elegido más de un gobierno por año.

Marc Lazar, Profesor de la “Libera Universitá Internazionale degli Studi Sociali Guido Carli” de Roma y de “Sciences Po” de Paris publicó hace ya dos años un libro cuyo título era por demás explícito: “Italia a la deriva”. En él se enumeran alguno de los múltiples problemas que la aquejan históricamente: el atraso del “mezzogiorno”, la persistencia de la influencia de la Mafia, una ley electoral barroca que complica la formación de mayorías parlamentarias estables, la ineficiencia crónica de los servicios públicos y, en especial, el atraso significativo que la enseñanza superior y la investigación científica han ido acumulando en estas últimas décadas.

Pero, aunque la enorme mayoría de los 47 millones de electores tienen fuertes dudas de que estos problemas se arreglen mediante esta elección, lo cierto es que el domingo y lunes pasados, los italianos eligieron una composición política del Parlamento y del Senado que permite asegurar que el conservador Silvio Berlusconi será designado Primer Ministro. Esta reaparición de Berlusconi ocurre luego de una breve experiencia de centro izquierda de Romano Prodi que no llegó a cumplir dos años de duración. El triunfo de Berlusconi fue contundente: con el 46.5% en la Cámara de Diputados obtiene una sólida mayoría que, además, seguramente reconfirmará en el Senado una vez que el conteo final de votos del extranjero esté concluido. Las bases parlamentarias de su gobierno parecen aseguradas.

Sin embargo, el retorno de Berlusconi difícilmente puede ser considerado como una promesa de grandes novedades. En realidad, si algo había mostrado tendencia a cambiar, era su contrincante de centro izquierda, Walter Veltroni. Éste, sacando las conclusiones del fracaso de Prodi, creó un nuevo Partido Demócrata que dejó de lado la multitud de pequeños partidos de izquierda y extrema izquierda que habían envenenado la gestión del gobierno anterior. Veltroni, exitoso alcalde de Roma, con un perfil moderado, conciliador y “buonista”, cultivó durante toda la campaña un discurso que oscilaba entre el de Tony Blair y el de Barack Obama y declaró querer “…un partido demócrata a la italiana pero estilo americano…”. Aunque derrotado en las elecciones, al menos logró parte de su objetivo: “Nos hemos presentado sin alianzas, corriendo un riesgo, para hacer un favor a la democracia”, declaró Veltroni y, en efecto, eliminando el modelo de coalición aisló a pequeños partidos como el Comunista, el Socialista, los Verdes o Refundación Comunista que, al no obtener al menos 4% de representación en el Parlamento y al menos 8% en el Senado, estarán por primera vez en muchos años fuera del Legislativo.

El ganador, en cambio, poco de nuevo parece tener que ofrecer si no es un discurso menos estridente y lo que parece ser una genuina preocupación por los tres grandes problemas que tendrá que enfrentar. En primer lugar hay en curso una crisis financiera internacional que, dada su persistencia y probable profundidad, golpeará a una economía italiana en una situación interna muy precaria. La baja productividad de grandes sectores de la economía y la fortaleza del euro frenan el crecimiento, y plantean serios problemas salariales a los jóvenes, a grandes sectores de trabajadores poco calificados y a jubilados y pensionistas. Pero quizás el tercer problema sea el más difícil de superar: Berlusconi, con su estilo carismático, imprevisible e incluso provocador fue instaurando, desde su primer gobierno en 1994, un clima de tensión y polarización política que ya Italia no parece estar dispuesta a admitir. Quizás por eso el Berlusconi de esta elección haya sido un candidato bastante más sobrio, discreto y respetuoso que el que fuese en sus anteriores campañas y períodos de gobierno.

En cualquier caso, frente a los problemas financieros y económicos acuciantes, el Berlusconi que, presentándose como un campeón del liberalismo, en realidad en sus anteriores gobiernos llevó a cabo un “liberalismo colbertista”, ya no podrá librarse a ese juego de espejos. El urgente relanzamiento de la economía requiere medidas de ajuste y un rigor presupuestal que no admite medias tintas. Y, en esas condiciones, la pregunta de rigor es la de saber si, desde el punto de vista político, este nuevo gobierno Berlusconi no reencontrará los mismos obstáculos con los que tropezó el anterior gobierno de centro-izquierda. ¿Hasta dónde el nuevo partido de Berlusconi, el “Pueblo de la Libertad”, será capaz de disciplinar a fuerzas como la “Liga del Norte” (que dobló su representación parlamentaria) o la derechista “Alianza Nacional” que, en gran medida, están en la base de su triunfo?

De replantearse, ahora en el campo conservador, el escenario que derrotó a Prodi, el nuevo gobierno tendrá, probablemente, la vida breve.

 
*Catedrático de Ciencia Política
Depto de Estudios Internacionales.
FACS – ORT - Uruguay

Publicado

2008-04-17

Edição

Seção

Política internacional